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7.2.08

Coplas a la muerte de Don Carnal


Pieter Brueghel. El combate entre don carnaval y doña cuaresma

Recobre el alma la siesta y olvide el sueño cabruno contemplando cómo se pasa la fiesta, cómo se viene el ayuno tan callando; cuán presto se va el humor, cómo después de enterrado da que hablar, cómo el precio del amor de cualquier beso olvidado es recordar.

Y pues vemos cómo el cura llama a todos los confesos al rosario, si juzgamos sin censura daremos con nuestros huesos en osario.
No se engañe nadie, eh, pensando que iba a durar muchos días, más que duró lo que fue pues el tiempo ha de ordenar las alegrías.
Nuestras vidas son los bares que no venden garrafón, que es el morir, allí van los escolares derechos al botellón a consumir; allí, los hombres adultos, allí los otros medianos y menores; en la calle no hay indultos para jóvenes, señoras y señores.
Dejo aquí las restricciones de la cuaresma empezada y vuelvo a la encrucijada del tiempo y sus estaciones.
Y al amor doy aposento pues es fecha de placer y caridad, a pesar de que ese cuento de quererte más que ayer sea verdad.
Febrero es mes de conquista, para al otro algunas cosas regalar, mas cumple ser consumista y comprar joyas y rosas para amar. Pues dicen que amor sin dones, en términos de mercado, no es amor. Y menos si no hay condones y bombones empapados de licor.
Y así, metidos en danza con amor en la mirada y oraciones, declaramos nuestra panza, de jamón muy bien cuidada, en vacaciones.
Y a pesar de lo que opinen los pastores del partido popular y el sermón que dictaminen los prelados del infierno en el altar, el humano que esto cuenta, que es al punto buen devoto de Carnal, no pondrá su alma en venta ni a la prédica ni al voto electoral.
¿Qué se fueron de los sabios disfrazados y comparsas de estos días? ¿Quién se pinta ahora los labios y la cara con las farsas más impías? Preparad el monedero, enemigos del placer y la oración, y gastad vuestro dinero con fe ciega y devoción.

1.7.07

El cuervo

Edgar Allan Poe
(Boston, 1809 - Baltimore, 1849)


Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!


21.6.07

Cantigas de seguir y biendizer


El verdadero impulsor de la actual Universidad Pontificia de Salamanca fue el Rey Alfonso X el Sabio, quien le otorgó el estatuto de 1254, conocido también como la Carta Magna del Estudio Salmantino, que representa un cuadro legal y una base económica espléndidos. Con este estatuto, la Universidad quedó definitivamente constituida en su doble carácter de Real y Pontificia.


a Alfonso X el Sabio

La memoria de este claustro
desempolva aquel amor
que, en favor
del dolor,
hizo nido en el olvido.
Hoy, maduro el corazón,
lejos de aquellos saberes
y placeres,
sé quién eres.
Y con mi sueño cumplido,
menesteres
y deberes
del perdón has merecido.

Pero que cante el recuerdo
y encienda la tarde aquella
en que, bella
como estrella,
te besé en este balcón.
Ahora, lejos de este patio,
con la mirada en la luna
la fortuna
es sólo una
y tiembla en el corazón.
Oportuna
en tal tribuna
mi voz teje esta canción.

¿Recuerdas las magistrales
enseñanzas del deseo,
el recreo,
el apogeo
de tus labios con los míos?
Cuánto placer, cuánta ciencia
en esta Universidad.
Ahora edad
y verdad
son fluir de nuestros ríos,
soledad
y heredad,
rumor de abecedaríos.

Sea pues este cantar,
de los cantares, tu guía,
teología
tuya y mía,
secreto que ahora confieso,
homenaje a nuestra lengua,
remembranza del pasado,
un pecado
mal clavado
en mi recuerdo aún ileso,
un bocado
celebrado
con sabor a ciencia y beso.

Que San Ignacio nos guarde,
que vele Tomás de Aquino
nuestro sino
libertino
con mucha pedagogía
y que los sueños oscuros
y el informático azar
den lugar
a juntar
mi piel y tu Compañía
y a aprobar
sin rezar
el Master de Clerecía.


Raúl Vacas
Rodasviejas, mayo de 2007

19.6.07

Luces y sombras


Heptálogo poético

Hay poetas brillantes que iluminan con su ejemplo y sus palabras, que comparten destellos y auroras, que crean, que transforman. Poetas lúcidos, luminosos, deslumbrantes.
Y hay poetas oscuros, umbríos, lóbregos que tejen su sombra en los últimos días del invierno, que se esconden en bares y guaridas, que convierten en mitos las cavernas.
Pero también hay poetas que hablan, indistintamente, de la luz y de la sombra con absoluta claridad y sin oscuras pretensiones.
Todo poeta, al igual que el fotógrafo o el pintor, debe manejar la luz, domesticarla, acercarla al poema para vislumbrar sus palabras. Debe conocer los secretos de las luciérnagas, las fases de la luna, las clases de relámpagos, las especies abisales, las estrellas fugaces. Pero también debe conocer el lado oscuro del corazón, el interior de los sueños más profundos, la noche, las pasiones, nuestras sombras y asombros, los seres que inventaron nuestros miedos.
En todas las radiografías de todos los hombres y mujeres hay un poeta arrinconado, un esqueleto sensible e imaginativo al que la carne pone límite. Sólo el deseo, el trabajo, la paciencia y la mirada profunda distinguen al verdadero poeta.
Este heptálogo, y los textos que le acompañan nos ayudarán a entender las luces y las sombras de la poesía:


1. El poeta mira con los ojos cerrados y sueña con los ojos abiertos. Quienes mejor describen las cosas son los ciegos. Ellos entienden de metáforas, símiles y comparaciones porque describen con todos los sentidos.

Vi a una ciega que recorría con la punta del bastón el perímetro de un contendor de basuras.
No contaba con la presencia de ese obstáculo y se obstinaba en reconocerlo. Me pareció que estaba metida en un laberinto y la tomé del brazo para conducirla a la acera. El olor a pólvora era muy intenso y caminábamos sobre inmundicias de todos los tamaños. Escuché una sucesión de estallidos que procedían de una o dos calles más abajo. Un niño lloraba en algún sitio. Había anochecido y la niebla era espesa como un puré.
La invidente me explicó que había salido de la acera para no tropezar con el andamio. Miré a mi alrededor y no vi ningún andamio. Se lo dije, pero no me creyó. Sorteamos un coche volcado y tres papeleras esparcidas por el suelo antes de alcanzar la acera. ¿Dónde está el andamio?, insistió la mujer. Un estallido, acompañado de una ráfaga de luz, iluminó la calle. Repetí que no había ningún andamio a la vista. Tiene que estar por aquí, dijo ella. Empecé a tener miedo, pero no me atrevía a abandonarla. Se oyeron unos gritos ahogados por un estruendo ensordecedor. Una botella de cristal se hizo añicos a tres metros de nuestros pies. Pisé una rata.
La ciega me pidió que la siguiera acompañando. Todo empezaba a ser muy misterioso. yo sólo quería estar en mi cama, cubriéndome la cabeza con la almohada, que es la manera más desconsolada de llorar que conozco. Atravesamos tres calles y encontré un andamio. Se lo dije e hice ademán de marcharme. pero ella me tomó del brazo y comenzó a conducirme como si el invidente fuera yo. Entonces cerré los ojos y me dejé llevar. Los ruidos, los gritos y las porquerías del suelo adquirieron otra dimensión. Ignoraba si estábamos en Beirut, en los territorios ocupados de Gaza y Cisjordania o en la noche de fin de año madrileña. Y así estoy desde entonces, con los ojos cerrados para no ver nada.

“Final”, Articuento de Juan José Millás


2. El poeta busca el equilibrio, como buen funambulista, entre el abismo de la realidad y la altura de la ficción. Escribe sobre la luz y escribe sobre la sombra aunque en ocasiones la realidad y sus espejos las confundan.

Asusta que la flor se pase pronto.
Asusta querer mucho y que te quieran.
Asusta ver a un niño cara de hombre,
asusta que la noche…
que se tiemble por nada,
que se ría por nada asusta mucho.
Asusta que la paz por los jardines
asome sus orejas de colores,
asusta porque es mayo y es buen tiempo,
asusta por si pasas sobre todo,
asusta lo completo, lo posible,
la demasiada luz, la cobardía,
la gente que se casa, la tormenta.
los aires que se forman y la lluvia.
Los ruidos que en la noche nadie hace
–la silla vacía siempre cruje–,
asusta la maldad y la alegría,
el dolor, la serpiente, el mar, el libro,
asusta ser feliz, asusta el fuego,
sobrecoge la paz, se teme algo,
asusta todo trigo, todo pobre,
lo mejor no sentarse en una silla.

Gloria Fuertes. Poemas del suburbio


Aprovechó su amor y la entrega para, hábilmente, apoderarse de su sombra. Con besos y caricias, con historias fantásticas en las que las islas serían testigos de su vida en común, fue despegando la sombra de su cuerpo; y ella -absorta y seducida- no notaba nada. Sólo cuando el amante huyó con la sombra, los gritos se mezclaron con las lágrimas.

“El amante de las sombras”, de Rafael Pérez Estrada


3. El poeta no descansa. Trabaja con la mirada día y noche. Escribe sobre la sombra y a la sombra. Escribe bajo la luz natural o la del flexo y da a la luz sus creaciones. Verbos como cosechar, abonar, fertilizar, sembrar, plantar, regar, remover, cavar y profundizar, propios del campo, pueden emplearse también para definir la labor poética.

Esta palabra no ha sido pronunciada contra los dioses; esta palabra y la sombra de esta palabra han sido pronunciadas ante el vacío, para una multitud que no existe.
Cuando la muerte acabe, la raíz de esta palabra y la hoja de esta palabra arderán en un bosque que otro fuego consume.
Lo que fue amado como cuerpo, lo escrito en la docilidad del árbol único, será consolación en un paisaje lejano.
Como la inmóvil mirada del pájaro ante la ballesta, así la palabra y la sombra de esta palabra aguardan su permanencia más allá de la revelación de la muerte.
Sólo el aire, únicamente lo que del aire al aire mismo transmitimos como testamento de lo nombrado, permanecerá de nosotros.
La luz, la materia de esta palabra y el ruido de la sombra de esta palabra.

Juan Carlos Mestre


4. El poeta arroja luciérnagas sobre las dudas. Debe hacerse mil y una preguntas y buscar en sus versos, o en los ajenos, las respuestas.
Pablo Neruda escribió El libro de las preguntas. Bernardo Atxaga le hizo “37 preguntas a su único contacto al otro lado de la frontera”. Benjamín Prado escribió un poema con el título de “Acertijo” que exige, del lector, las respuestas.

¿Qué poeta
comparó al humo con el Laocoonte?
¿Qué poeta escribió:
basta que alguien me piense, para ser un recuerdo?
¿Quién afirma que la última gota es siempre una lágrima?

Era una noche oscura.
Y volví a preguntarlo:

¿Quién escribió:
quiero morir de día, cuando aman los leones?
¿Quién escribió:
todo lo que no ha sido contado, es infinito?
¿Quién afirma
que el canto de los gallos sólo existe en los sueños?

Era una noche oscura
y nadie respondía.

¿Qué poeta
comparaba al diamante con el vuelo de un pájaro?
¿Quién oía la lluvia
caer como las gotas de una espada?
¿Quién escribió:
este vaso que yo bebo,
quedará eternamente vacío para ti?

Y quién llamó a las rosas música aprisionada.
Y quién dijo: -La mano que valía
para el amor,
también servirá para el odio.
Y quién dijo que sólo nuestras obras más puras
deberían unirse al séquito del pasado.

Aquel que me responda;
aquel que sepa
quién me robó cada uno de esos versos:
aquel será mi hermano.

Benjamín Prado. Iceberg

Y Gonzalo Rojas, una y otra vez, se preguntó qué se ama cuando se ama.


¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
o este sol colorado que es mi sangre furiosa
cuando entro en ella hasta las últimas raíces?
¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
repartido en estrellas de hermosura, en partículas fugaces
de eternidad visible?
Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.

“¿Qué se ama cuando se ama?, Gonzalo Rojas


5. El poeta es paciente. Aguarda a que los días maduren su cosecha. Pero no todos sabemos manejar el tiempo. No todos tenemos la suficiente serenidad para organizar nuestra prisa y nuestra espera.
Tal vez no pensemos en los agricultores que, año tras año, siembran las tierras para pasado un tiempo cosechar, o en quienes repueblan los bosques arrasados por las llamas con nuevos árboles, o en la generosidad del que planta un árbol centenario.
Escribir es un trabajo de reforestación permanente, una manera eficaz de dar forma a las semillas de nuestra imaginación. Pero para que el resultado sea satisfactorio, tenga sentido y sea verdaderamente natural, debemos ser pacientes.

Ni tu nombre ni el mío son gran cosa,
sólo unas cuantas letras, un dibujo
si los vemos escritos, un sonido
si alguien pronuncia juntas esas letras.
Por eso no comprendo muy bien lo que me pasa,
por qué tiemblo o me asombro,
por qué sonrío o me impaciento,
por qué hago tonterías o me pongo tan triste
si me salen al paso las letras de tu nombre.
Ni siquiera es preciso que te nombren a ti,
siempre nombran la luz del mediodía,
la fruta, el paraíso
antes de la expulsión.


Amalia Bautista, Luz del mediodía


6. Cada poeta esconde un propósito en su poesía. “No importa cómo es un poema / sino en quién te convierte” dice Benjamín Prado, “Preguntarme qué pienso de la poesía es preguntarme dónde / y cuándo un poema me salvó y de qué” afirma Marjiatta Gottopo. “Un poema es una cosa que nunca es, pero que debiera ser”. suscribe Vicente Huidobro. “Más de una vez he pensado que la poesía es algo que se excava mientras que la prosa es algo que se amontona, aunque esto no evite que haya prosa profunda y poesía del montón...” piensa en voz alta Javier Rodríguez Marcos, “Ser poeta no es una ambición mía: es mi manera de estar solo” confiesa Fernando Pessoa, “La poesía es un proyecto más que una definición, un iceberg del que ignoramos volumen y desplazamiento”, concluye Antonio Piedra.


La aparición del pájaro que vuela
y vuelve y que se posa
sobre tu pecho y te reduce a grano,
a grumo, a gota cereal, el pájaro
que vuela dentro
de ti, mientras te vas haciendo
de sola transparencia,
de sola luz,
de tu sola materia, cuerpo
bebido por el pájaro.

José Ángel Valente. El Fulgor


7. El poeta cree en la utopía y en la fuerza transformadora de los libros. Dijo Gonzalo Moure en una ocasión: “En esos ratos en los que creeréis que no es posible hacer nada, que no hay manera de avanzar, que no es posible ni siquiera encender la luz de uno solo de vuestros alumnos, de vuestros vecinos, de vuestros compañeros, todavía os queda una luz por encender: encender la luz de vuestra lámpara y leer un libro”.

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar

Eduardo Galeano

5.5.07

Bicicletas para el recuerdo


El Comité de Bici Urbana de Salamanca "Guardabarros", junto con Amigos de la Bici, Ecologistas en Acción, la Univeridad de Salamanca y la Fundación de Iniciativas Locales han elaborado un completo programa de actividades en torno a la bici: cineforum, paseo reivindicativo, visitas culturales, desayunos para los usuarios, fiestas, recorridos en bicicleta por la ciudad y provincia y varias exposiciones.

Yo he tenido el placer de colaborar con ellos, gracias a Almudena, seleccionando los textos que acompañan a las bicicletas expuestas en la Facultad de Geografía e Historia con el título de Bicicletas para el recuerdo, cedidas para la muestra por la Fundación Gómez Planche.


VA SOBRE RUEDAS

"¿Por qué en los días de lluvia cruza una bicicleta
en silencio por nuestro corazón?”

Ángel González


La bicicleta, nadie puede negarlo, es el medio de locomoción que mejor evoca nuestros recuerdos de infancia. Subirse a una bicicleta, después de muchos años sin hacerlo, es subirse a la palabra nostalgia. De repente recordamos mil y una historias, mil y una caídas, el día en que aprendimos a montar sin ayuda de nadie ni accesorios, el día en que aprendimos a pedalear sin manos o el día en que abandonamos, en el pueblo, nuestra bicicleta.
Muchos directores de cine, cantautores, poetas, fotógrafos, artistas plásticos han visto en la bicicleta un auténtica pieza de arte. No vamos a hacer aquí inventario de todas ellas. Basta únicamente teclear en google la palabra “bicicleta” para tomar conciencia de hasta dónde ha sido capaz de llegar con sus pedales este vehículo y de cómo muchos usuarios, como dice Mario Benedetti, decidieron “dejarse media vida en los pedales de la bicicleta”.
Sería interesante que todo artista incluyera en su repertorio la bicicleta. Y sería aún más interesante que las bibliotecas les dedicaran alguna guía bibliográfica o alguna sección.
Queremos que estas bicis con historia y muchos recuerdos, formen parte de vuestras vidas. Que os evoquen vuestras propias historias. Que os animen a compartir vuestros sueños.
En muchos de estos escritores se advierte una admiración personal por la bicicleta, otros incluso se sienten comprometidos con las Asociaciones que defienden su protagonismo en la ciudad. Miguel D’Ors, incluso, llegó a escribir, pedaleando, algún que otro poema.
Julio Cortázar nos recuerda, señalando a Horacio: “Más cosas hay en una bicicleta de las que imagina tu filosofía”. Nosotros hacemos nuestra esta idea para invitaros a imaginar las historias que callan cada una de estas bicicletas: cuántas manos, piernas, miradas, ideales habrán movido la cadena de cada una de estas bicicletas. Una de ellas, diseñada por Schindler, tal vez salvó del holocausto a algún judío. Otra paseó a más de una mujer, sin temor de que sus finísimos vestidos se engancharan en los radios. Otra enseñó a más de una pareja a ver la vida en común. Otra avivó la ilusión en muchos niños de ser auténticos caballeros. Otra tal vez sirvió de utilidad a algún limpiacristales. Y otra enseñó, a más de una mirada, que la imaginación también se asienta sobre una bicicleta.
Bicis curiosas, raras, con historia que alientan nuestra fantasía y nos invitan a pensar en una ciudad de verdad donde todo puede ir sobre ruedas, o donde, tal y como dijo Benedetti en un poema, “los concejales vayan en bicicleta / del otoño al verano y viceversa”.

Estos son algunos de los textos:


APARICIÓN

Los talleres, el lento despertar
de un motor que preludia el desencanto.
Comienza el barrio a hablar.
Sudor y contrabando.
Bajo un lunes de plomo, la ciudad
grita lo que se veden.
Aliento gris, colmillos de cristal;
así vive la gente.
Pero dejemos ya
de traficar con la tristeza;
entre tanta magnolia de alquitrán,
tú en bicicleta.

Ramón Repiso
Colchonería moderna



ODA A LA BICICLETA

Iba
por el camino
crepitante:
el sol se desgranaba
como maíz ardiendo
y era
la tierra
calurosa
un infinito círculo
con cielo arriba
azul, deshabitado.

Pasaron
junto a mí
las bicicletas,
los únicos
insectos
de aquel
minuto
seco del verano,
sigilosas,
veloces,
transparentes:
me parecieron
sólo
movimientos del aire.

Obreros y muchachas
a las fábricas
iban
entregando
los ojos
al verano,
las cabezas al cielo,
sentados
en los
élitros
de las vertiginosas
bicicletas
que silbaban
cruzando
puentes, rosales, zarza
y mediodía.

Pensé en la tarde cuando los muchachos
se laven,
canten, coman, levanten
una copa
de vino
en honor
del amor
y de la vida,
y a la puerta
esperando
la bicicleta
inmóvil
porque
sólo
de movimiento fue su alma
y allí caída
no es
insecto transparente
que recorre
el verano,
sino
esqueleto
frío
que sólo
recupera
un cuerpo errante
con la urgencia
y la luz,
es decir,
con
la
resurrección
de cada día.

Pablo Neruda
Tercer libro de las odas


I

Un ángel checo pasea en bicicleta.
Conduce despreocupado.
Le persiguen dos caballos.
Por unas cuantas monedas
-muchas menos de treinta-
lleva tu carta en la mano,
deja mi amor en tu puerta.

Ángel M. Gómez Espada
Un amor checo



NOS AMAMOS EN UNA BICICLETA


Ayer tú y yo, en un solo beso para la vida,
en el amor que nos conoció a los quince años
y yo pedaleando para un nunca llegar tarde a tu corazón.
Fuimos nosotros los que inventamos el beso en una bicicleta,
la edad de las miradas con un cuaderno en la mano.
Fuimos nosotros, los que sin respirar, nos cansamos de viajar,
y ayer, sólo ayer, las calles dicen: Allí van, son ellos!,
pero fue tan rápido que pedazo a pedazo nos despedimos.
Tú y yo, querida, ahora quizás dónde, dónde volveríamos a rodar,
dónde volveríamos a comandar dos ruedas como a un barco,
dónde volveríamos a conquistar los mundos con un sueño.
Eso no me importa, porque en mi memoria tengo un niño despierto,
llevo a ese revoltoso quinceañero en los dedos del alma,
tengo aún, eso años diminutos como zapatos de liceano.
Entonces, será a las siete, te pasaré a buscar como cochero
subirás en mi caballo veloz con rayos de aluminio,
dispuesta a saltar a la gloria al besar cada calle,
recostándote en cada parada para retomar las fuerzas.
Entonces, será a las siete, cuando llegue a tu casa,
salgas a recibirme como ansiosa de la nueva carrera.
Entonces, son las siete y recuerdo tu mano en la mía,
riendo del pedaleo en mañana y tarde,
cuando nos amamos en una bicicleta sobre la vida,
cuando se me vienen los quince felices años,
ahora que son más, sin bicicletas ni sueños.

Santiago Azar
Canto a la Colorina y otros poemas


DE LO QUE CONTESÇIÓ AL ARCIPRESTE CON LA SSERRANA BICICLETA E DE LAS FIGURAS DELLA


La habría el Arcipreste amado a la bicicleta con gozo nupcial, la habría en cada cuerda acariciado, deseado por vedette piernilarga en el carrousel de aqueste gran fornicio que es la Tierra, profundizado con ciencia de aceite por máquina suntuosa, pedaleado hasta el paroxismo olor a fucsia en la fermosura de la moza.
Montado así en arrebato tan desigual cómo hubiérala nadado con arte esquivo haciendo uno timón y manubrio sin saber por dónde desembarcar, alazana como es la imantación de la seda entre rueda y muslo, cómo por medieval que parezca el gallo y la cresta del mester del gallo, bodas hubiera habido por el suelo de algún Don Arcipreste abrupto que otrora fuera carnal y sacramental, bodas con
extremaunción y alambre, bodas de risa con misa y otras astucias, ¿quién lo manda a desear la costilla de su prójimo, a verdear con cualquier loca por allí, a andar viendo mujer en cada escoba con joroba?, ¿aluminio donde no hay más que exterminio?, ¿quería maja? Bueno, ahí tiene mortaja

Gonzalo Rojas


A UNA CICLISTA

Por la calle se desliza
la pérfida bicicleta. Jorge Guillén

Entre autobuses, entre corazones,
entre los olmos, entre los vallados,
entre almas atónitas, por puentes,
exhalada tu firme bicicleta.
Te sigue el río de la carretera,
tierno su duro arbitrio conmovido,
respondiendo a tu llanta con lamentos:
Te pierdes. No te pierdes. Te persigo.
¡Qué júbilo sin prisa en lo que es llano!
¡Qué salto en los collados repentinos!
¡Qué dejarse caer por las cañadas,
exhalada tras ti, la carretera!
Siguiéndote va, helada, cuando tuerces,
y ¡qué lento suspiro cuando un valle te traga,
qué alto grito cuando una loma justa te devuelve!
Bella ciclista,
tu ave de pedales conduces por un aire de jardines,
de prados, aguardando entre los troncos
a que estalle final la primavera.
El viento en tus oídos te proclama
única emperatriz de los ciclistas.
Te persigue, te pide los cabellos;
tú se los das y te los va peinando.
-«Nadie me espera, nadie me despide;
mis cabellos y el viento, los pedales,
los troncos y los ríos so los puentes;
sin partida o llegada, siempre voy.»
Siempre va, siempre va, aunque suspiren
árboles melancólicos, y lloren
los ojos de los puentes ríos de llanto.
No pesa el corazón de los veloces

José Antonio Muñoz Rojas


CAPERUCITA BLANCA

El vendedor de bicicletas se adentró en el bosque. El otoño también.
Los animales más tímidos saludaban alegres al paso de un furgón desvencijado que dejaba en el aire un sonido metálico. En el barro, unas huellas extrañas de animal mitológico advertían del paso del depredador.
Aquel rugido ronco de motor oxidado y el extraño graznido del claxon alborotaron el color del bosque.
La paz de aquel paisaje –dormida en el colchón de hojas de eucalipto– sacudió su silencio, agitó el plumaje y voló en estampida.
Al fondo del bosque siempre hubo una casa: tejado de pizarra con varias sumas y fracciones aún por resolver, puerta de forja, pared de adobe, ventanas de pavés y chimenea altísima.
En el jardín, en medio de los caracoles, una joven desnuda recogía la ropa de la cuerda curtida por el sol.
Una abuelita escondía la mirada entre las páginas de un cuento mecida en el columpio del jardín.
–Buenos días, señora –dijo el vendedor de bicicletas después de salpicar sobre las flores el café de los charcos, y prosiguió su camino a lomos del vehículo.
–Hoy vamos a ir a visitar al lobo –dijo la joven, ahora vestida.
–Hoy –repitió la abuela.
–¿Qué tal estoy? –preguntó la joven haciendo girar su vestido blanco, lleno de margaritas.
–Muy hermosa –contestó la abuela sin levantar los ojos de aquel libro.
–Hoy es un día grande –gritó la niña.
Minutos después, abuela y niña, cabalgaron en sus bicicletas por el bosque silbando una canción azul.
–La ciudad nos aguarda, hijita.
En la cestita de su bicicleta, la abuela había colocado con extremo cuidado varias docenas de huevos y un ramo de magnolias frescas.
Pronto llegarían a la ciudad, donde los altos hornos de las fábricas dibujaban sobre el cielo extraños árboles de humo.
–Ningún leñador –pensó la niña– sería capaz de abatir de un solo golpe de hacha aquellos duros troncos de las chimeneas.
Abuela y joven dejaron en la plaza sus cansadas bicicletas y pasearon de la mano hasta la iglesia. Una vez allí –era domingo–, la joven caminó vestida de princesa hasta el altar.
–Buenos días, señor Lobo.
–Buenos días –contestó amenazadoramente el señor cura.
–Buenos días –dijeron todos los presentes, incluida una niña pálida con sus siete amigos.
Afuera, en la calle, aguardaba el futuro. Tal vez uno de esos finales con perdices y un cohete saliendo por una de las chimeneas.
Junto a las escaleras de la iglesia, relucientes como insectos de domingo, pastaban en la hierba ocho bonitas bicicletas.

Raúl Vacas
Inédito


Podéis hacernos llegar vuestros textos sobre bicicletas a guardabarros@hotmail.com

22.4.06

Catedral Nueva



Catedral Nueva

en la Portada de Ramos


Ven al arrullo de la catedral
a enredarte en mi beso entretenido,
y a golpes de cincel, sin hacer ruido,
esculpir en mis labios otra y otra sal

marítima. Y así, bajo el ojal
del cielo, hacer el minucioso nido
de los sueños, enhebrar el aullido
de los lobos, anudar el sedal

de tus deseos y pensar que algún
día el astronauta hallará la luna
para siempre, mirando a una turista

con olor a mar. Ven esta noche un
rato hasta la catedral y tráeme una
caricia muda de malabarista.

Aquí se mató una mujer



Junto al arco de San Fernando, en el Pabellón Real, hay una inscripción que reza:
“Aquí se mató una muger. Rueguen a Dios por ella. Año de 1838”



Oración

por ella


¿A qué precio entregaste tu pecado,
la propina del tiempo, la memoria?
¿Dónde intuir la luz, la escapatoria
hacia el sueño y las alturas, el vado

permanente en el futuro o el pasado?
¿Qué sangre oculta la dedicatoria
que pone fecha y límite a tu historia?
¿Quién emplazó la muerte a tu costado?

Tal vez, mujer, te sorprendió la altura
al huir del amor por un balcón.
Tal vez una fatal algarabía

puso tu vida incierta en desventura.
Recen a Dios por ella y su perdón
un padrenuestro y un avemaría.

Por las ramas



En el centro del patio de la Universidad hay un árbol alto y estrecho (una sequoia), que trajo a Salamanca en el siglo XVIII un miembro de la familia Onís (originario de Cantalapiedra), que fue embajador en Estados Unidos. Hay quién afirma que es originaria de Canadá.

Diccionario curioso de Salamanca.
Grupo La Cueva de Salamanca



Por las ramas


Qué savia maceraron tus raíces,
qué pensamientos únicos treparon
por tus ramas, que deseos volaron
de tus nidos, qué mudas cicatrices

recuerdan los amores infelices
de antiguos boxeadores que estrenaron
sus puños en tu tronco y que soñaron
bajo tu sombra llena de tapices.

Hoguera silenciosa, árbol de sueño.
Los pájaros más cultos de tus ramas
reparten su mirada en la escalera

donde una tarde azul fui dueño
del beso circular y sin escamas
de una estudiante anónima y soltera.


(Imprescindible abrir las cristaleras
para sentir sus raíces)

9.4.06

Cuestión de equilibrio. XI Aniversario del Museo de la Casa Lis


La vida es una cuestión de equilibrio. Una búsqueda constante del sustento, de la ecuanimidad, de la mesura, de la sensatez en los actos y juicios.

Buscamos el equilibrio cuando echamos a andar en los primeros años de vida. Lo perdemos en la cuerda floja de las dudas y problemas, tras una noche de alcohol o ante el vértigo de la realidad y del futuro.

Buscamos la estabilidad al final de la adolescencia y en el matrimonio. Ansiamos el júbilo y la armonía en la madurez tras muchos años de trabajo.

La naturaleza nos enseña a administrar el equilibrio. Los médicos nos recomiendan una vida equilibrada. Los acróbatas y trapecistas nos demuestran que el equilibrio total es posible.

La fachada sur de la Casa Lis es puro equilibrio, una acrobacia de estilo que se alza sobre la antigua muralla.

También muchas de las piezas de este museo, como la bailarina de antorchas, la encantadora de serpientes o la baquesa –con dos racimos de uvas en las manos y apoyada sobre una sola pierna – , reflejan la búsqueda constante del equilibrio y la belleza en el artista.

A pesar del abandono y la ruina de los años difíciles, la Casa Lis se mantuvo sin caerse y recuperó su equilibrio.

Y todos, después de unos años de falta de equilibrio en el Patronato, hemos sabido reconocer la importancia de la armonía, la sensatez y el orden para abordar el futuro de la Casa Lis con esperanza y orgullo.

Una de las piezas que mejor ejemplifican el equilibrio que todos deseamos es el arlequín trapecista.

Manuel Ramos Andrade conservó este arlequín acróbata en el salón de las muñecas de su casa, tal vez porque encerraba en la mirada algún recuerdo.

Este es uno de los muchos juguetes, gastados por el uso, que hace años exhibía el escaparate de alguna de las tiendas de los Campos Elíseos de París.
A él le dedico este poema titulado “Equilibrio”:

Suena la música y el arlequín
inicia su acrobacia en la escalera.
Su mirada profunda, de madera,
lleva escrito en el dorso un amor sin

riesgo ni equilibrio. Busca algún fin
en la armonía dulce y verdadera
de su número, en la inusual manera
de resistir al tiempo y al serrín

Con pulso y precisión de relojero,
sustenta su tristeza con un brazo
y una interrogación sobre la frente.

Qué afortunado el padre con dinero
que, envuelto en una caja y con un lazo,
regalara a su hijo tal presente.

29.3.06

Mayo del 68



Cualquier tiempo pasado
(Mayo del 68)

“Bajo lo adoquines está la playa”

Hacia mil novecientos sesenta y ocho las mocedades de Oriente y Occidente descubrimos

una cosa sorprendente, mágica, estupefaciente, atroz, milagrosa y única:
los jóvenes descubrimos la juventud.

FRANCISCO UMBRAL



Se echaron a la calle como perros
que borran con su orina otras meadas,
buscaron en el sexo coartadas,
firmaron en su carne testaferros.

Ellos, quizá, como martines fierros
ellas, tal vez, giocondas operadas,
mojaron en sus besos las caladas
del tiempo y del amor, pobres gamberros.

La calle fue su hogar y su trinchera,
el sueño por cumplir, fiel aliado,
la libertad su himno y su bandera.

No fue mejor cualquier tiempo pasado,
ni el cuento fuérase jamás que se era.
Hoy el futuro es de papel mojado.

Inédito

1.3.06

Vademecum


Ardine, Alugelibys, Aspirina,
Ornade, Frenadol, Polaramine,
Feldene, Mucorama, Betadine,
Bio-Hubber, Oralsone, Buscapina,

Prozac, Celestoderm, Maxicilina,
Septrín, Cefalexgobens, Augmentine,
Saldeva, Ferromorgens, Oraldine,
Vaspit, Oftalmolosa, Biodramina,

Isdinium, Hibitane, Nolotil,
Fluidasa, Termalgin, Rinofrenal,
Orudis, Tanakene, Clamoxyl.

Adiro, Conductasa, Senioral,
Profer, Optalidón, Gelocatil,
Zantac, Aureomicina y Hemoal.

17.2.06

Érase otra vez...



CAPERUCITA. Insatisfecha. Pechos grandes.
Hoteles y domicilios. Tfno. 906422924


Y un día de verano, al mediodía,
Caperucita se quedó en la casa,
echó un par de costillas en la brasa
y puso el brécol al bañomaría.

Comió, fregó, se dio una ducha fría,
se puso el camisón de fina gasa,
llamaron a la puerta y dijo pasa,
creí que no venías, vida mía.

Luego de rematar la sobremesa,
llevó a su cama al joven cazador
y, en bragas, le propuso ser su presa.

Después él le quitó el sujetador
pero ella le advirtió con voz francesa:
Son cinco de los grandes, por favor.

14.2.06

Entre líneas


Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal,
donde queda tu oficina para irte a buscar.

JOAQUÍN SABINA



Gran Vía, Noviciado, Fuencarral,
Pacífico, Pirámides, Colón,
Argüelles, Avenida Ilustración,
Aluche, Lavapiés, Ciudad Lineal.

Legazpi, Herrera Oria, Tribunal,
Cuatro Caminos, Diego de León,
Vicálvaro, Gregorio Marañón,
Miguel Hernández, Sol, Mar de Cristal.

Santiago Bernabeu, Ascao, Ventilla,
República Argentina, Chueca, Urgel,
Valdebernardo, Plaza de Castilla.

Tetuán, Prosperidad, Carabanchel,
Usera, Plaza Elíptica, Sevilla,
Moncloa, Atocha Renfe y Opañel.