Pasa al interior y ponte cómodo
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4.2.07

Las manos


Tal vez lo más valioso de mi cuerpo sean las manos. Unas manos que se aferran al cuerpo y que conocen la caricia exacta, el apretón sincero.

Me gustan las prendas hechas a mano, las palabras manoseadas, las manos capaces de hacer magia, las manos que operan, los mano a mano.
No me gustan las manos que manipulan, ni las manos de hierro, ni las manos largas o las manos blandas como las de los hombres sin hueso ni los besamanos.
Me gustan las manos limpias, las manos llenas de chapapote, las manos pintadas solicitando el vuelo de la paz, las manos que hacen música en el manubrio, la mano izquierda.
No me gustan los que roban a manos llenas, los que untan la mano, los que se traen entre manos maniobras extrañas, los que levantan la mano (y no para hablar). No me gustan las bombas de mano.
Me gusta ser mano en el juego, echar una mano, estar siempre a mano, ponerme en buenas manos. Me gusta la mano que mantiene, la mano que masturba, la mano que manufactura, la mano bien metida en la falda, la mano que da vida a unas sombras, el equipaje de mano.
No me gusta echarme las manos a la cabeza, la mano dura, ir de mano en mano como la falsa moneda, ni llegar a las manos o a manotazos. Y tampoco me gusta estar a trasmano.
Me gusta tener siempre a mano un periódico para buscar, en los anuncios por palabras, alguna oferta de segunda mano: se necesita mano de obra para construir un sueño a medida. Se ofrecen manos para manicura. Empresa líder en el sector busca amanuense para escribir un manifiesto contra la mano siniestra. Recibimos con la mano abierta, de antemano. Abstenerse todos aquellos que se lavan las manos.
Pero también te quiero a ti por tus manos. Y con la mano en el corazón, y con palabras de Benedetti, te pediría una y otra vez la mano: “Tus manos son mi caricia / mis acordes cotidianos / te quiero porque tus manos / trabajan por la justicia”
(A los amigos de “A mano cultura” de Salamanca)


Fotografía: Pedro Pablo Sara

Publicado en el semanario "Avuelapluma" de Cáceres

3.2.10

Esto y ESO

Mano sobre mano, palabra sobre palabra, como dijera Ángel González. Así es como he recibido Esto y ESO, libro que hace el número 117 de la Colección Alandar de la Editorial Edelvives y que tengo el gusto de firmar.
Con este libro Edelvives trata de acercar la poesia a los adolescentes, de convertirla en herramienta de trabajo, de crecimiento personal y de aprendizaje.
El libro trata de ser, precisamente, un guiño a los chicos y chicas de la ESO, un modo de mostrarles que la poesía puede estar al alcance de su mano, sin necesidad de que se la prescriba un profesor (cosa que, por otra parte, deberían hacer todos los profesores y no sólo del área o el departamento de Lengua y Literatura).
El libro está organizado en diferentes secciones que se corresponden con las principales materias que se cursan en la Educación Sencundaria Obligatoria. Recuerda, en este sentido, a la Enciclopedia Álvarez o a otros libros que agrupaban en un sólo volumen todos los saberes que debía conocer el estudiante de entonces.
Hay textos que nos introducen en el terreno de las matemáticas, otros nos llevan a reflexionar sobre la propia Literatura y su enseñanza, y otros se adentran en el terreno de la física o la biología.

Ha sido un placer trabajar de la mano de Jorge Hernán Gómez e Ignacio Chao en el proceso de edición.
Revisar los textos uno a uno, encajar las citas que acompañan a muchos de los poemas, organizarlos de la mejor manera posible se convirtió, gracias a Jorge, en una labor creativa y gratificante. De modo que mi reconocimiento, en primer lugar, para él.
Mi agradecimiento, también, para Pilar Careaga quien me invitó a formar parte de la colección Alandar y me abrió las puertas de la editorial. Y a Paloma de la Concha, por contar conmigo en las tareas de formación de profesores.
Pero también aprovecho -como hacen los artistas cuando recogen un premio- para extender mi gratitud a Raquel López y María Sánchez-Tabernero, de A Mano Cultura, que hicieron de Celestinas en mi primera aproximación a la editorial (en el II Congreso de Literatura Infantil y Juvenil) y que correrán la voz de biblioteca en biblioteca y de librería en librería, gracias al gallo del Club Kirico. Y a Gonzalo Moure, el primero que tuvo en su bandeja de correo el libro y que ya hablaba de él antes de su publicación por colegios e institutos (ahora, de hecho, ha pedido 4 ejemplares a la editorial para llevárselos, con fines "evangelizadores" y debajo del brazo, al Amazonas.
Gracias, por último (antes del aplauso final) a Isabel Castaño, mi mujer, por su sobresaliente ayuda en la confección del libro. Y a todos los que crecen día a día a la sombra de un poema.

Aquí os dejo la portada, que nos recibe con una mano abierta, y otros contenidos del libro:




En la contraportada puede leerse el siguiente texto:

Pasa, lector, y ocupa aquí tu asiento,
abre este libro, hojea sus materias,
siente del corazón las cosas serias,
prueba el remedio del conocimiento.

Será la geografía tu alimento,
sangre la nueva historia en tus arterias,
secundarias las fiestas y las ferias,
la biología tu mejor sustento.

Lee cada poema con paciencia,
estudia los idiomas de los besos,
las matemáticas de tu existencia,

y así, cuando conozcas tus excesos
y aprendas a vivir con otra ciencia,
podrás recomendarlo a estos y esos.



En las primeras páginas hay unas palabras para abrir boca:


LECCIÓN INAUGURAL

La literatura en los colegios debería ser un paréntesis
dentro de la actividad diaria, una hora de sosiego en la que
el alumno escucha, piensa en sus cosas o se duerme
mientras el maestro lee en voz alta libros que no tienen
por qué seguir el disparatado orden del canon escolar.

Daniel Pennac



Este libro pretende mostrar y demostrar que cualquier
cosa, por extraña o banal que sea, puede ser un poema.
Todo cuanto nos rodea tiene una naturaleza íntima,
oculta bajo su apariencia. Sólo el poeta y el niño pueden
acceder a las moléculas que determinan su estructura y
desentrañar su significante y su significado, ya sea a través
de la imaginación o de las palabras.
Abramos pues los ojos. Pongamos los cinco sentidos
en las diferentes materias que vamos a abordar en este
breve pero intenso curso poético y que conformarán el
título de nuestro relato académico.
Pero, entretanto, aguardemos con ansia el timbre y salgamos
un rato al recreo:

Hay que ver los cotilleos
que he escuchado en el pasillo
entre pitillo y pitillo,
matrícula y papeleos:
que este año son muy feos
los chavales de mi clase,
que si el finde fue un desfase,
que si aquel con disimulo
me tocó anteayer el culo
al pedir que me arrimase,
que no sé dónde se sienta
el chico del polo negro,
que jolín cuánto me alegro
de que estés hoy tan contenta
porque al fin se diera cuenta
de que estabas coladita,
que si tienes una cita,
que si ya salió la nota,
que el de atrás es un pelota,
que menuda preguntita.
A ver cuándo en el recreo
se habla de Lorca o Neruda,
de Descartes y su duda,
de Vivaldi o de Perseo
y se deja el cotilleo
para las clases tediosas
y a otras cosas, mariposas.
Doy por cerrado este mitin
citando al profesor Keating:
«cortad, desde hoy, las rosas…»

Y un par de botones de muestra:

MADAME BOVARY

La pitonisa leyó la mano de la mujer lectora. En cada
línea adivinó un capítulo de su vida: un comienzo feliz,
un nudo en la garganta y un desenlace trágico.
Desde ese día, la mujer lectora leyó entre líneas.


NANA

Duérmete (una ovejita) mi niña,
duérmete (dos ovejitas) mi amor.
que viene el lobito
peludo y feroz.

Duerme mi niña (tres ovejitas),
y cierra los ojos (cuatro ovejitas)
y sueña en silencio
con estalactitas.

Cuatro angelitos
tiene mi cama, cuatro angelitos
que me la guardan,
uno me da leche,
otro me da lana
y mi niña se duerme
hasta la mañana.

Duérmete mi niña que viene
el coco,
o el diplococo
o el estreptococo
o el estafilococo
y se lleva a las niñas
que estudian poco.

(5 ovejitas).

5.5.07

Bicicletas para el recuerdo


El Comité de Bici Urbana de Salamanca "Guardabarros", junto con Amigos de la Bici, Ecologistas en Acción, la Univeridad de Salamanca y la Fundación de Iniciativas Locales han elaborado un completo programa de actividades en torno a la bici: cineforum, paseo reivindicativo, visitas culturales, desayunos para los usuarios, fiestas, recorridos en bicicleta por la ciudad y provincia y varias exposiciones.

Yo he tenido el placer de colaborar con ellos, gracias a Almudena, seleccionando los textos que acompañan a las bicicletas expuestas en la Facultad de Geografía e Historia con el título de Bicicletas para el recuerdo, cedidas para la muestra por la Fundación Gómez Planche.


VA SOBRE RUEDAS

"¿Por qué en los días de lluvia cruza una bicicleta
en silencio por nuestro corazón?”

Ángel González


La bicicleta, nadie puede negarlo, es el medio de locomoción que mejor evoca nuestros recuerdos de infancia. Subirse a una bicicleta, después de muchos años sin hacerlo, es subirse a la palabra nostalgia. De repente recordamos mil y una historias, mil y una caídas, el día en que aprendimos a montar sin ayuda de nadie ni accesorios, el día en que aprendimos a pedalear sin manos o el día en que abandonamos, en el pueblo, nuestra bicicleta.
Muchos directores de cine, cantautores, poetas, fotógrafos, artistas plásticos han visto en la bicicleta un auténtica pieza de arte. No vamos a hacer aquí inventario de todas ellas. Basta únicamente teclear en google la palabra “bicicleta” para tomar conciencia de hasta dónde ha sido capaz de llegar con sus pedales este vehículo y de cómo muchos usuarios, como dice Mario Benedetti, decidieron “dejarse media vida en los pedales de la bicicleta”.
Sería interesante que todo artista incluyera en su repertorio la bicicleta. Y sería aún más interesante que las bibliotecas les dedicaran alguna guía bibliográfica o alguna sección.
Queremos que estas bicis con historia y muchos recuerdos, formen parte de vuestras vidas. Que os evoquen vuestras propias historias. Que os animen a compartir vuestros sueños.
En muchos de estos escritores se advierte una admiración personal por la bicicleta, otros incluso se sienten comprometidos con las Asociaciones que defienden su protagonismo en la ciudad. Miguel D’Ors, incluso, llegó a escribir, pedaleando, algún que otro poema.
Julio Cortázar nos recuerda, señalando a Horacio: “Más cosas hay en una bicicleta de las que imagina tu filosofía”. Nosotros hacemos nuestra esta idea para invitaros a imaginar las historias que callan cada una de estas bicicletas: cuántas manos, piernas, miradas, ideales habrán movido la cadena de cada una de estas bicicletas. Una de ellas, diseñada por Schindler, tal vez salvó del holocausto a algún judío. Otra paseó a más de una mujer, sin temor de que sus finísimos vestidos se engancharan en los radios. Otra enseñó a más de una pareja a ver la vida en común. Otra avivó la ilusión en muchos niños de ser auténticos caballeros. Otra tal vez sirvió de utilidad a algún limpiacristales. Y otra enseñó, a más de una mirada, que la imaginación también se asienta sobre una bicicleta.
Bicis curiosas, raras, con historia que alientan nuestra fantasía y nos invitan a pensar en una ciudad de verdad donde todo puede ir sobre ruedas, o donde, tal y como dijo Benedetti en un poema, “los concejales vayan en bicicleta / del otoño al verano y viceversa”.

Estos son algunos de los textos:


APARICIÓN

Los talleres, el lento despertar
de un motor que preludia el desencanto.
Comienza el barrio a hablar.
Sudor y contrabando.
Bajo un lunes de plomo, la ciudad
grita lo que se veden.
Aliento gris, colmillos de cristal;
así vive la gente.
Pero dejemos ya
de traficar con la tristeza;
entre tanta magnolia de alquitrán,
tú en bicicleta.

Ramón Repiso
Colchonería moderna



ODA A LA BICICLETA

Iba
por el camino
crepitante:
el sol se desgranaba
como maíz ardiendo
y era
la tierra
calurosa
un infinito círculo
con cielo arriba
azul, deshabitado.

Pasaron
junto a mí
las bicicletas,
los únicos
insectos
de aquel
minuto
seco del verano,
sigilosas,
veloces,
transparentes:
me parecieron
sólo
movimientos del aire.

Obreros y muchachas
a las fábricas
iban
entregando
los ojos
al verano,
las cabezas al cielo,
sentados
en los
élitros
de las vertiginosas
bicicletas
que silbaban
cruzando
puentes, rosales, zarza
y mediodía.

Pensé en la tarde cuando los muchachos
se laven,
canten, coman, levanten
una copa
de vino
en honor
del amor
y de la vida,
y a la puerta
esperando
la bicicleta
inmóvil
porque
sólo
de movimiento fue su alma
y allí caída
no es
insecto transparente
que recorre
el verano,
sino
esqueleto
frío
que sólo
recupera
un cuerpo errante
con la urgencia
y la luz,
es decir,
con
la
resurrección
de cada día.

Pablo Neruda
Tercer libro de las odas


I

Un ángel checo pasea en bicicleta.
Conduce despreocupado.
Le persiguen dos caballos.
Por unas cuantas monedas
-muchas menos de treinta-
lleva tu carta en la mano,
deja mi amor en tu puerta.

Ángel M. Gómez Espada
Un amor checo



NOS AMAMOS EN UNA BICICLETA


Ayer tú y yo, en un solo beso para la vida,
en el amor que nos conoció a los quince años
y yo pedaleando para un nunca llegar tarde a tu corazón.
Fuimos nosotros los que inventamos el beso en una bicicleta,
la edad de las miradas con un cuaderno en la mano.
Fuimos nosotros, los que sin respirar, nos cansamos de viajar,
y ayer, sólo ayer, las calles dicen: Allí van, son ellos!,
pero fue tan rápido que pedazo a pedazo nos despedimos.
Tú y yo, querida, ahora quizás dónde, dónde volveríamos a rodar,
dónde volveríamos a comandar dos ruedas como a un barco,
dónde volveríamos a conquistar los mundos con un sueño.
Eso no me importa, porque en mi memoria tengo un niño despierto,
llevo a ese revoltoso quinceañero en los dedos del alma,
tengo aún, eso años diminutos como zapatos de liceano.
Entonces, será a las siete, te pasaré a buscar como cochero
subirás en mi caballo veloz con rayos de aluminio,
dispuesta a saltar a la gloria al besar cada calle,
recostándote en cada parada para retomar las fuerzas.
Entonces, será a las siete, cuando llegue a tu casa,
salgas a recibirme como ansiosa de la nueva carrera.
Entonces, son las siete y recuerdo tu mano en la mía,
riendo del pedaleo en mañana y tarde,
cuando nos amamos en una bicicleta sobre la vida,
cuando se me vienen los quince felices años,
ahora que son más, sin bicicletas ni sueños.

Santiago Azar
Canto a la Colorina y otros poemas


DE LO QUE CONTESÇIÓ AL ARCIPRESTE CON LA SSERRANA BICICLETA E DE LAS FIGURAS DELLA


La habría el Arcipreste amado a la bicicleta con gozo nupcial, la habría en cada cuerda acariciado, deseado por vedette piernilarga en el carrousel de aqueste gran fornicio que es la Tierra, profundizado con ciencia de aceite por máquina suntuosa, pedaleado hasta el paroxismo olor a fucsia en la fermosura de la moza.
Montado así en arrebato tan desigual cómo hubiérala nadado con arte esquivo haciendo uno timón y manubrio sin saber por dónde desembarcar, alazana como es la imantación de la seda entre rueda y muslo, cómo por medieval que parezca el gallo y la cresta del mester del gallo, bodas hubiera habido por el suelo de algún Don Arcipreste abrupto que otrora fuera carnal y sacramental, bodas con
extremaunción y alambre, bodas de risa con misa y otras astucias, ¿quién lo manda a desear la costilla de su prójimo, a verdear con cualquier loca por allí, a andar viendo mujer en cada escoba con joroba?, ¿aluminio donde no hay más que exterminio?, ¿quería maja? Bueno, ahí tiene mortaja

Gonzalo Rojas


A UNA CICLISTA

Por la calle se desliza
la pérfida bicicleta. Jorge Guillén

Entre autobuses, entre corazones,
entre los olmos, entre los vallados,
entre almas atónitas, por puentes,
exhalada tu firme bicicleta.
Te sigue el río de la carretera,
tierno su duro arbitrio conmovido,
respondiendo a tu llanta con lamentos:
Te pierdes. No te pierdes. Te persigo.
¡Qué júbilo sin prisa en lo que es llano!
¡Qué salto en los collados repentinos!
¡Qué dejarse caer por las cañadas,
exhalada tras ti, la carretera!
Siguiéndote va, helada, cuando tuerces,
y ¡qué lento suspiro cuando un valle te traga,
qué alto grito cuando una loma justa te devuelve!
Bella ciclista,
tu ave de pedales conduces por un aire de jardines,
de prados, aguardando entre los troncos
a que estalle final la primavera.
El viento en tus oídos te proclama
única emperatriz de los ciclistas.
Te persigue, te pide los cabellos;
tú se los das y te los va peinando.
-«Nadie me espera, nadie me despide;
mis cabellos y el viento, los pedales,
los troncos y los ríos so los puentes;
sin partida o llegada, siempre voy.»
Siempre va, siempre va, aunque suspiren
árboles melancólicos, y lloren
los ojos de los puentes ríos de llanto.
No pesa el corazón de los veloces

José Antonio Muñoz Rojas


CAPERUCITA BLANCA

El vendedor de bicicletas se adentró en el bosque. El otoño también.
Los animales más tímidos saludaban alegres al paso de un furgón desvencijado que dejaba en el aire un sonido metálico. En el barro, unas huellas extrañas de animal mitológico advertían del paso del depredador.
Aquel rugido ronco de motor oxidado y el extraño graznido del claxon alborotaron el color del bosque.
La paz de aquel paisaje –dormida en el colchón de hojas de eucalipto– sacudió su silencio, agitó el plumaje y voló en estampida.
Al fondo del bosque siempre hubo una casa: tejado de pizarra con varias sumas y fracciones aún por resolver, puerta de forja, pared de adobe, ventanas de pavés y chimenea altísima.
En el jardín, en medio de los caracoles, una joven desnuda recogía la ropa de la cuerda curtida por el sol.
Una abuelita escondía la mirada entre las páginas de un cuento mecida en el columpio del jardín.
–Buenos días, señora –dijo el vendedor de bicicletas después de salpicar sobre las flores el café de los charcos, y prosiguió su camino a lomos del vehículo.
–Hoy vamos a ir a visitar al lobo –dijo la joven, ahora vestida.
–Hoy –repitió la abuela.
–¿Qué tal estoy? –preguntó la joven haciendo girar su vestido blanco, lleno de margaritas.
–Muy hermosa –contestó la abuela sin levantar los ojos de aquel libro.
–Hoy es un día grande –gritó la niña.
Minutos después, abuela y niña, cabalgaron en sus bicicletas por el bosque silbando una canción azul.
–La ciudad nos aguarda, hijita.
En la cestita de su bicicleta, la abuela había colocado con extremo cuidado varias docenas de huevos y un ramo de magnolias frescas.
Pronto llegarían a la ciudad, donde los altos hornos de las fábricas dibujaban sobre el cielo extraños árboles de humo.
–Ningún leñador –pensó la niña– sería capaz de abatir de un solo golpe de hacha aquellos duros troncos de las chimeneas.
Abuela y joven dejaron en la plaza sus cansadas bicicletas y pasearon de la mano hasta la iglesia. Una vez allí –era domingo–, la joven caminó vestida de princesa hasta el altar.
–Buenos días, señor Lobo.
–Buenos días –contestó amenazadoramente el señor cura.
–Buenos días –dijeron todos los presentes, incluida una niña pálida con sus siete amigos.
Afuera, en la calle, aguardaba el futuro. Tal vez uno de esos finales con perdices y un cohete saliendo por una de las chimeneas.
Junto a las escaleras de la iglesia, relucientes como insectos de domingo, pastaban en la hierba ocho bonitas bicicletas.

Raúl Vacas
Inédito


Podéis hacernos llegar vuestros textos sobre bicicletas a guardabarros@hotmail.com

28.2.10

Galicia Calidade

Hace unas semanas estuve en Sanxenxo y O Grove. No había vuelto por allí desde que fui a limpiar chapapote. Entonces escribí un artículo de opinión que titulé “Negra Navidad”. Decía así:

Como nuestras vidas son los ríos –según Manrique- que van a dar a la mar que es el morir, yo he decidido comenzar el año envuelto en chapapote.
A mi lado están José y Javier, de Zamora; Gustavo, de Brasil; Isabel (mi mujer), Julián y Lorenzo, de Salamanca, y otros tantos voluntarios apurando la noche de Galicia, más negra que nunca. Aquí la estrella de la Navidad sabe a cerveza, José es un percebeiro que se juega la vida, María es voluntaria de la Cruz Roja y los Magos son bomberos con grandes capazos llenos de un regalo más valioso que el oro, el incienso o la mirra: el esfuerzo.
Se hace duro el contraste de este folio tan blanco donde escribo y el color de la playa, negra como febrero, cargado de exámenes.
Con los pies en el agua, enfundado en el mono, juego a ser el niño que quiso vaciar el mar con su cubo y su pala de juguete.
No sé si tanto esfuerzo servirá de ejemplo para quienes piensan que el mundo se quedó sin utopías. Para que aquellos que no creen en la voluntad del hombre recobren la esperanza que nunca tuvieron. Para soñar tan alto como las cometas blancas.
Mi afán no es otro que el calzar mis botas de siete leguas y pisar donde otros muchos ya pisan. Sentir que la vida tiene sentido cuando te das a los otros con todo lo que tienes. Cuando abandonas tu casa para pasar tus vacaciones con otra familia.
Y aquí hay tiempo para el trabajo y la amistad. Para creer en la vida, tan vulnerable a veces. Para crecer tan alto como los eucaliptos. Para pensar en Beppo, el barrendero de Momo, que barría a diario una calle muy larga, siempre con el mismo ímpetu. Paso, inspiración, barrida.
Hace unos días al calor del hogar y del año viejo y ahora en el final de la tierra, estas letras llenas de buenos deseos para otros. De sueños replantados en el Nuevo Año. De países de Nunca Jamás. De pretéritos imperfectos. De presentes simples y de futuros perfectos.

Esta vez pude disfrutar de un mar azul y limpio, lleno de adioses y de olas, de gotas de sal, de rayos de lluvia. Y respiré hondo, frente a la Lanzada, para volver tierra adentro cargado de suspiros oceánicos.
Fui con la intención de contaminar de poesía a los chicos gallegos y compartir con ellos todo lo que he sido, soy y seré gracias a las palabras.
Disfruté mucho en el IES Sanxenxo, de la mano de Loli y Ricardo que me acogieron en su casa como uno más de la familia. Pero también con Juan, profesor de Historia, con quien comparto el sentido de la enseñanza y de la vida, más allá de las pedagogías convencionales.
Los chicos lo pasaron bien y se fueron del taller con una visión de la poesía más cercana y menos académica. Ahora, según Loli, están recogiendo algunos frutos.
Esto es lo que escribieron en el blog de la Biblioteca de su instituto

Muchas gracias, chicos. Sentí no poderos firmar a todos vuestro libro o cuaderno de apuntes. El tiempo se nos echó encima y aún teníamos mucha jornada por delante. Que cada cual anote un sueño o un deseo en esas páginas y lo consuma de modo preferente.

Por la tarde, hice un taller en el IES de Bizocas, un instituto que comparte bosque y mar, y cuenta con unos chicos comprometidos con la poesía y una profesora (Nieves) a su medida. Luego, tras el taller, me reuní con el Club de Lectura del IES Sanxenxo. Fueron dos largas horas cocinando y degustando todo tipo de poemas. Una cebolla, un verbo frito, un bollo maimón o un cocido de ceros sirvieron para compartir poesía y conversación. Todo muy de andar por casa y con un cariño y un trato especial. Gracias, Ana, Loli y Juan por tan grata experiencia, resumida brevemente en el blog del grupo.

También estuve en el IES Vilalonga, con Elisa, una profesora entregada a su labor y a la biblioteca, que hizo posible mi viaje a Galicia y sirvió de enlace y celestina con los otros centros.
Allí, en el Vilalonga, disfruté con jóvenes y profesores la poesía de Garcilaso de la Vega (el centro me solicitó a través del programa de fomento a la lectura “Por qué leer a los clásicos” del Ministerio de Educación.
Después hice un taller de poesía con chicos de 4º de ESO que resultó vibrante. Tal vez uno de los talleres con los que más he disfrutado en los últimos años. Se nota que en Galicia hay calidad y que se trabaja bien en torno a las bibliotecas escolares. Gracias a todos por ese rato inolvidable.

Del IES Vilalonga viajé, de la mano y el vehículo de Darío Pino (de Anaya Galicia), al IES Francisco Aguiar de Betanzos. Allí me aguardaban 200 chicos de 2º de ESO, acompañados de sus profesores, para despejar algunas dudas sobre el libro que habían trabajado: Consumir preferentemente. Fue emocionante verlos llegar al salón de actos con el libro en la mano y cara de expectación. Gracias a Elvira y a Francisco por su espléndido trabajo y por recoger la sugerencia que uno año antes hizo Moure de llevarme hasta allí.
Dejo aquí la presentación de Francisco y algunas fotos que hizo con sus chicos:

En el año 2004, estábamos aquí, como esta tarde, atentos a lo que nos dijera el autor del libro que habíamos leído. Ese día, Gonzalo Moure, no sólo nos habló de Palabras de caramelo; también nos recomendó la obra de un joven autor, Raúl Vacas, de quien, al año siguiente, pudieron leer los alumnos de cuarto de la ESO, cuatro poemas, recogidos en la antología Efectos secundarios, primer volumen de la colección Otros Espacios, un atrevido proyecto editorial de Anaya que no nos cansaremos de agradecer.

Los alumnos anotaron con enojo el título; no obstante, poco a poco, la lectura de los poemas de Juan Bonilla, Santiago Núñez, Silvia Ugidos, también Raúl Vacas, ayudó a desmontar el prejuicio: la poesía no era una cursilería para sensibleros nostálgicos. El curso pasado, jugueteamos en las clases de primero de la ESO con algunos de los poemas de Consumir preferentemente: Peoma, Vademecum, SMS.

El éxito animó a proponer la lectura a los alumnos de 2º y 1º de la ESO. Así que, en Betanzos, este curso, alrededor de 200 jóvenes, empujan el carrito, decodifican SMS, cartas al Ayuntamiento o del Ayuntamiento, notas amarillas, peomas..., conservando, eso sí, el ticket de la oferta del día. Es verdad que, a veces, cuesta entender y da dolor de cabeza o una cierta sensación de mareo, pero, para eso, en el lineal de liquidación de existencias, está Vademecum: una aspirina, un gelocatil o una biodramina bastan. Los antibióticos, ni tocarlos. Este virus de leer poesía, ya está probado, ni debilita ni acatarra.

De modo que, explicadas ya las circunstancias, toca agradecer a Raúl Vacas su presencia, y otorgarle la palabra. Para eso, pulsemos la tecla off del corazón, inmediatamente después de insertar, aunque sea de chocolate, una moneda.

Francisco Rodríguez Coloma
I.E.S. Francisco Aguiar, Betanzos, A Coruña









Anoto aquí la dirección del blog “El oso de las cañerías” donde queda una breve huella de la actividad.

Gracias también a Darío por su trato y su dedicación y por las muchas conversaciones en los trayectos en coche (con música de Loquillo de fondo) o frente a un vaso de vino.

Fue delicioso pasear por la playa de Santa Cristina, en soledad, y buscar algún tesoro entre los restos arrojados por el mar sobre la arena.

Mar, lluvia, faros, gente acogedora, chicos y chicas en los que late la poesía, así es el paisaje de Galicia.

29.8.09

Adiós, Mario Merlino

Ayer conocí la noticia de la muerte de Mario Merlino, profesor de lengua y literatura, escritor, poeta, dramaturgo, "performancer", organizador de talleres literarios y, sobre todo, traductor.
Yo tuve la suerte de asistir a uno de sus talleres ("La escritura: tesoros en el abismo") en el XIX Carnaval Literario de la Escuela Gençana. Allí conocí, de su mano, la obra "Mediations" de Gary Hill, uno de los pioneros del video art. Fue un taller inolvidable. Los chicos de bachillerato vencieron su timidez inicial y se arrancaron a escribir sobre los folios de papel que Mario, antes de iniciar el taller, había arrugado (en forma de pelota) y depositado sobre su mesa.

En el taller reflexionó y nos invitó a todos a hacerlo sobre lo cóncavo y lo convexo, sobre lo vacío y lo lleno, sobre el silencio y el sonido. Mientras escribíamos -incitados por él- sonaba la canción "Silence is sexy" de Einstürzende Neubauten. Fue una hermosa experiencia.

Y tuve el placer de conocerlo más de cerca y de escucharlo, durante tres años, en los encuentros de Animación a Lectura de Arenas de San Pedro, organizados por Federico Martin Nebras y la Asociación Pizpirigaña.

Allí, junto a Jesús Marchamalo (y Noni Benegas, en una ocasión), nos hizo disfrutar con su humor, su inteligencia y su intuición poética en sucesivos recorridos por las preposiciones, las conjunciones y los adverbios. En el bosque de Riocantos aún perduran, entre los árboles, muchas de aquellas palabras.




Mario Merlino tradujo, entre otros autores, a Jorge Amado, Clarice Lispector, Ana María Machado, Nélida Piñón, Eça de Queirós, António Lobo Antunes, Gianni Rodari y Allen Ginsberg. En 2004 recibió el Premio Nacional a la mejor traducción por Auto de los condenados, de António Lobo Antunes. Su último trabajo como autor fue, precisamente, con Jesús Marchamalo, gran amigo y compañero de charlas y conferencias. No hay adverbio que te venga bien, ilustrado por Isidro Ferrer y editado en Eclipsados, recoge la conferencia que pronunciaron en 2008 en Arenas de San Pedro.
Puedes conocer algo más sobre Mario Merlino en una entrevista publicada en la revista Consumer
Y también puedes leer las líneas que le dedica Clara Obligado en el blog de su taller. Ambos, además de amigos, fueron pioneros en la puesta en marcha de talleres de escritura creativa en Madrid y compartieron muchos proyectos.

Dejo aquí un fragmento de No hay adverbio que te venga bien en recuerdo de un gran amante de las palabras, un tipo cariñoso, entrañable y con gran sentido del humor, del que me siento orgulloso de haber aprendido tantas cosas. Gracias, amigo:

"Me gustan las palabras. Me gusta bajar por la mañana a comprarlas y elegirlas, una a una, como si fueran albaricoques maduros.

Nunca se sabe qué palabras van a necesitarse a lo largo del día. Nunca se sabe cuáles sacar de casa en la mochila, o llevar en la maleta, de viaje. Cuántos adjetivos –blanco, oloroso, fértil–, cuántos verbos y cómo conjugarlos: te quiero, conduzco, abriendo, he estado, supuse... Cuántos artículos indefinidos. Cuántas preposiciones. Me gustan las palabras. Me gusta atesorarlas, pero también dejarlas escapar, a veces, como si no fueran mías. Neblina pesa tan poco, es tan inerte, que basta con mover los labios para que la mínima racha de viento se la lleve.

Hay decenas de miles de palabras. O más. Palabras construidas en chapa, esqueje; o con madera, tacón; palabras recortadas en papel cebolla, sílfide o liminar; y palabras bastas como una tela vieja: lomera, bayeta, batanar… Dice John Berger, el escritor, que hay palabras que hay que masticar, como si tuvieran nervios: duplicar, irreversible. Palabras que se te hacen una bola, como el filete de un mal comedor: sacramento, pigmentación, geoestratégico... Y hay otras que se te deshacen en la boca, como los versos de un poeta romántico: titilar, libélula...

A mí me ha gustado siempre ulular. Y no me gusta, nada o casi nada, abencerraje. Me gusta merengue, y detesto canaleta. Me gusta decir bucle, y odio decir tajada.

Mi amigo Luis Mateo Díez, con quien me encontraba alguna mañana, alto y delgado, transversal como un quijote, en el bar La Escalinata, en la Plaza Mayor de Madrid, me contó que a él la palabra que menos le gusta es escrófula. Nunca he sabido exactamente lo que significa pero es una palabra horrible. Escrófula. Las palabras de los médicos siempre suenan fatal, a diagnóstico terminal, a desahucio: mesenterio, linfático, tumefacto...

Sin embargo son bonitas las de los oculistas: iris, pupila, miope. Otra palabra que no me gusta nada es espetar. Suena a mecanismo explosivo: espetó. A granada de mano: coges la palabra, la sujetas con fuerza en la mano, quitas el pasador con los dientes, la arrojas lo más lejos posible, te proteges y esperas. Uno, dos, tres, cuatro...

No se ha oído porque la he tirado lejos. Pero desengáñate: ha espetado"

31.12.13

Presentación "Animal de huida"

Dice Benjamín Prado que “La poesía es todo lo que hay entre un disparo y el animal herido”. Vida, muerte, intensidad, todo late –si atendemos al poeta– en el corazón del poema. Y del mismo modo en que un disparo tiene su efecto dentro y fuera del verso, la sensación de peligro –con todos los mecanismos que pone en marcha el miedo– también tienen su réplica: la huida.

Emily sabe de disparos, ella está letraherida con ese arma cargada de futuro que es la poesía. Le duelen las tres heridas de Miguel Hernández: el amor, la muerte, la vida. Pero también sabe de huidas por eso rehuye el tiro, por eso huye antes de ser herida o durante la herida.




Si tecleamos la palabra “huida” en el buscador de Google nos encontramos, entre la maleza, con la siguiente explicación del “comportamiento de huida”: “Se denomina comportamiento de huida al comportamiento animal específico complejo que frente a estímulos que indican peligro producen una respuesta adecuada que aleja o protege al individuo. En los casos en que la reacción es puramente refleja se denomina reflejo de huida. Se usa el término en sentido más general para referirse a todo comportamiento que evita situaciones desagradables. Los comportamientos de huida se dan sobre todo en invertebrados como cefalópodos, crustáceos pero también en aves y mamíferos”.

Emily, que es ave y es mamífero, nos habla en Animal de huida de su propia migración, su exilio voluntario lejos de casa.

Su inconformismo, su vitalidad y su espíritu de aventura le ponen alas más allá de murallas y cárceles interiores y, como ave de paso, va sellando, uno a uno, sus recuerdos, miedos y obsesiones en este libro pasaporte. Emily es animal de huida. Huye porque busca. Se busca. Dentro y fuera de casa se busca.

“La poesía empieza cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba pero aún tienes miedo” dice de nuevo Benjamín Prado en el mismo poema. Y estas palabras me recuerdan a Laura, a Emily, a Lila que huyen de las normas y las imposiciones. Les asustan los límites, las fronteras, el silencio. Por eso toman distancia y sueñan extramuros. Eligen no exponerse al disparo. “La vida misma es una elección”, dice en algún lugar. Y es por eso que la vida y el poema empiezan cuando el tren anuncia su salida, y el “príncipe de Estambul que va vestido de azul con una gorra y un pito” –como decía el poeta Manuel Díaz Luis– mueve su bandera en el andén para espantar los miedos. La vida empieza a muchos nudos de la palabra “casa” o a muchos pies de altura.

Sara R. Gallardo, autora del excelente prólogo del libro, desvela los puntos cardinales de la autora y las coordenadas su poesía. Como una controladora aérea sigue las señas y señales que deja a su paso su amiga Roberts. Conoce sus tránsitos, la altura a la que acostumbra a volar, sus destinos. Conoce el libro desde dentro y por eso hay tanta claridad en sus palabras. Pero también hay luz sobre el radar. Y Sara dice de Emily: “Yo solo quiero contar mi historia, dice en sus poemas, y pone trenza y pone pájaro, pone huida y pone mar. Y pone tierra”. Así tejen su libro Laura y Emily, poniendo tierra de por medio, trazando su huida por aire, por mar, por tierra. “Yo no escribo: / yo camino / alejándome de todo / mientras me trenzo el pelo” dice en su poema XX.

Luna Miguel la entrevistó en su blog, junto a otros poetas que forman parte de la antología Tenían veinte años y estaban locos. Esto es lo que afirmaba sobre el miedo a la repercusión, la crítica y el comentario:

“Siempre da miedo, supongo, pues se escribe para los demás, y la escritura es un trabajo muy íntimo: te estás desnudando, estas ofreciendo todo lo que tienes (experiencia, palabras), con la mayor ilusión y las mayores expectativas de gustar. Sin embargo, siempre hay que tener en cuenta que los gustos y las trayectorias de lecturas son muy diferentes y que, como en la vida, no se puede gustar a todo el mundo. También eso nos ayuda a ser más autocríticos y a ver las cosas desde otras perspectivas y no sólo desde la nuestra: muchas veces se puede aprender más de una mala experiencia (o comentario) que de uno bueno, aunque en primera instancia se agradezca más y sea necesario como apoyo para seguir trabajando.”

Alejandra Pizarnik, una poeta que ha dejado huella en la mirada de Emily, decía en su poema “Fuga en Lila” (qué dos palabras tan cercanas, Emily):

Había que escribir sin para qué, sin para quién.
El cuerpo se acuerda de un amor como encender la lámpara.
El silencio es tentación y promesa.


Emily Roberts, nos dice Sara R. Gallardo en el prólogo, “fue la niña que despertó. Eso no quiere decir que no escriba a tientas, porque ella, como los poetas, escribe siempre para saber qué escribiría si escribiera”. Y así es, tal y como señalaba Margueritte Durás. Laura se escribe y reescribe una y otra vez. Se busca en el poema. Escribe para sí misma y nos ofrece lo que escribe como espejo y mirada.

Animal de huida no es un libro primerizo. Su autora lleva en su equipaje muchos relatos facturados, perfectamente doblados y colocados entre la ropa de abrigo, pero también poemas contundentes de todas las tallas que rellenan los huecos de su maleta dura y de su vida. En su equipaje de mano, además, lleva su novela Lila, escrita con veinte años en otra de sus huidas; la del útero a la gran ciudad, la del hogar a la intemperie. Lila está en mi biblioteca, junto al Azul de Rubén Darío. Es una suerte que el escáner de los puestos de control en aeropuertos y estaciones no desvele lo que llevamos en la cabeza, en las vísceras, en las médulas, en los libros.

“La forma más barata de viajar es la del dedo sobre el mapa”, dice Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías. El viaje es para Emily su propia poética. Es huida y regreso. Es inicio y final. Es su modo de vivir y de aprender. No le cuesta escapar y perderse, ya sea en el desierto o en la selva. Planea sus fugas de forma meditada y deja atrás sus recuerdos: “La infancia no podía volar”, susurra. El hogar es núcleo pero también fisión. Emily se arropa en él pero a la vez escapa ante el menor peligro. El tiempo y la rutina son su coartada para la fuga. Y el miedo a no descubrir, a no sentir más allá del abrazo materno, a no soñar con ser otra en otro cuerpo y otra vida, todo lo que presiente en sus palabras. Le cuesta regresar porque siempre está yéndose. Por eso siempre deja abierta la vuelta. Quizá sienta el mismo temor que el propio Gómez de la Serna cuando afirma: “En el billete de ida y vuelta tememos que nos perforen la vuelta en vez de la ida, obligándonos a volver al revés, comenzando por ir otra vez para poder volver de nuevo”.

Emily sabe que es inútil huir. Lo aprendió de Clarice Lispector, en aquel texto en el que habla del silencio:

“Pero hay un momento en que del cuerpo descansado se eleva el espíritu atento, y de la tierra, la luna alta. Entonces él, el silencio, aparece.
El corazón late al reconocerlo.
Se puede pensar rápidamente en el día que pasó. O en los amigos que pasaron y para siempre se perdieron. Pero es inútil huir: el silencio está ahí”.


De nada sirve la huida permanente pues el silencio, como dice Clarice, siempre estará ahí, en forma de fantasma. Por eso Emily se rodea –fuera del poema– de vida, de bullicio, de mundanal ruido, por eso sus textos destilan vida, por eso sus palabras se aliñan con texturas, aromas, imágenes, colores. Frente al negro de los miedos y el dolor, el rojo de la vida y de los labios (“en el lugar de donde vengo / no existe el color rojo”, nos dice en un poema). El azul y el verde son, en cambio, para los caballos de la poesía y el blanco para después de la entrega: “todo era blanco: / nieve blanca, muslos blancos, lienzo blanco / para pintar la despedida.”

Hay un pulso narrativo en muchos de los poemas de este libro: “Esta no era una historia, pero nosotros la convertiríamos en una”, dice en su poema ix. Cada texto es un historia, cada historia un mundo, cada mundo un viaje, cada viaje un sueño, cada sueño una palabra, cada palabra una huida hacia sí misma. Excavar y amontonar, en eso consiste escribir según Javier Rodríguez Marcos: “la poesía es todo lo que se excava y la prosa todo lo que se amontona aunque eso no evita que haya prosa profunda y poesía del montón”, nos dice. Y Emily excava y socava en su memoria, minera de sí misma, para compartir con nosotros su deseo de estar siempre lejos: “la levedad del mundo en una caja de zapatos rojos / con los que desaparecer…” nos dice en su poema iv.

Hoy Emily regresa de su huida y nos confiesa en voz alta:

“Soy pequeña,
muy pequeña,
podrías llevarme
en la palma de tu mano
o en un bolsillo.
Soy pequeña
y mi amor
también es pequeño,
y mi amor
se derrama
propiciando una catástrofe
como un niño,
se derrama:
no se oye, apenas
llega,
tropieza,
llora,
como un niño,
se inunda”


Regresa con su vida hecha poemas y el equipaje lleno de nostalgia y de amor a repartir en partes iguales.

La poesía de Emily tiene su propia respiración. Hay música en sus versos, hay ritmo y hay latido pero también silencio. Conviene antes de pasar a un nuevo poema asegurarse de no introducir el pie entre coche y andén, después hay que tomar impulso y cambiar de línea. Cada texto es un trayecto, un recorrido, y entre todos conforman el destino que se advierte en las líneas de la mano de Emily, con su pasado, su presente y su futuro.

Esto es lo que Emily opina de la poesía en la entrevista –ya mencionada– que le hizo Luna Miguel:

Definiría mi poesía como muy personal, que no es lo mismo que autobiográfica. Para mí, la gran diferencia entre la poesía y la narrativa es la falta del personaje en la poesía, de ese gran disfraz que permite ocultarte. En la poesía, el yo está desnudo y solo: no hay diálogos, no hay más personajes, y, si los hay, siempre están teñidos de subjetividad por el yo poético. Por ello, mi poesía bebe mucho de la experiencia: es lo que más me inspira. Más que vivencias concretas, de sentimientos, estados de ánimo pasajeros a los que intento anclar el lenguaje, buscar una forma de expresarlos. Mis influencias son mi vida y las personas que me rodean, por eso mis principales temas de interés son el viaje, el hogar, el cuerpo, el otro y la búsqueda de la identidad como algo cambiante y a veces inaprensible: temas que al final se complementan y van unidos, que a veces no se distinguen bien unos de otros. A través de la poesía intento conocerme a mí misma y darme a conocer al “otro”, a ese gran desconocido que supone todo aquello ajeno a nosotros –a veces, incluso, nosotros mismos–. La poesía es un monólogo que se responde a sí mismo: eso es lo que la hace avanzar y evolucionar; siento que mi poesía cambia mucho más rápido que mi narrativa: porque a través de la narrativa intento conocer a los demás, y a través de la poesía a mí misma.

Querida Emily. Yo escribo poesía porque estoy convencido de lo que dice Andrés Trapiello: “La poesía es la distancia más corta (una línea recta) entre nuestras dudas y nuestras incertidumbres”. Ojalá que los poemas nos ayuden a ir del corazón a los asuntos como a Miguel Hernández. Que nos arrojen luz y luciérnagas en los momentos oscuros de la vida. Que nos indiquen el camino en las encrucijadas. Que nos salven de esta gran incertidumbre que es vivir en estos tiempos. Que resuelvan nuestras dudas.

Gracias a Alberto Trinidad y a Ediciones Oblicuas por apostar por Emily. Enhorabuena a Violeta Bergara por la portada y a Mercedes Fernández Laguna por la fotografía en que está inspirada. Y enhorabuena también a Laura por este espléndido libro.

Permíteme, para terminar, que comparta contigo dos poemas. Uno de Jaime Sabines, “Lento, amargo animal” y otro titulado “Marca de agua” del libro de Esteban Peicovich Poemas plagiados:

Lento, amargo animal

Lento, amargo animal
Que soy, que he sido,
Amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
Que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

Amargo como esos minerales amargos
Que en las noches de exacta soledad
-Maldita y arruinada soledad
Sin uno mismo-
Trepan a la garganta
Y, costras de silencio,
Asfixian, matan, resucitan.

Amargo como esa voz amarga
Prenatal, presubstancial, que dijo
Nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
Que murió nuestra muerte,
Y que en todo momento descubrimos.

Amargo desde dentro,
Desde lo que no soy,
-Mi piel como mi lengua-
Desde el primer viviente,
Anuncio y profecía.

Lento desde hace siglos,
Remoto -nada hay detrás-,
Lejano, lejos, desconocido.

Lento, amargo animal


Y el segundo y último poema quiero dedicárselo a los que aún no creen en la poesía, que es tanto como decir que no creen en el amor, en los sueños, en la muerte, en la vida.

Marca de agua

-¿Su profesión?
-Soy poeta. Supongo.
-Nada de supongos aquí. Ponte derecho. No te apoyes en la pared. Mira al tribunal. ¿Tienes una profesión estable?
-Creía que eso era una profesión estable.
-Pero en términos generales, ¿cuál es tu especialidad?
-Soy poeta, traductor poeta.
-¿Quién te ha reconocido como poeta? ¿Quién te ha metido en las filas de los poetas?
-Nadie. ¿Quién me ha metido en las filas de la especie humana?
-¿Has estudiado para serlo?
-¿Para ser qué?
-Poeta. ¿No has encontrado la manera de proseguir tus estudios en el instituto, donde podías prepararte y aprender?
-Nunca he creído que eso fuera materia de enseñanza.
-Entonces, ¿qué?
-Creo que eso… viene de Dios.

(Diálogo que tuvo lugar la mañana del 18 de febrero de 1964 en el juzgado de distrito de Leningrado entre la jueza Irina Savaleva y el “parásito social y vago maleante” de 24 años Joseph Brodsky, quien 23 años después, -1987, y a sus 47- alcanzó el Premio Nobel de Literatura)


Hoy yo también quiero convertirme en Animal de huida y huir con este libro dedicado bajo el brazo susurrando estos versos que te pertenecen: “Nunca renuncies al viaje. Nunca renuncies al viaje. Nunca renuncies al viaje. La quietud es la muerte”.

Tal vez mi huida solo dure lo que dura su lectura (ahora podré leerlo de nuevo y pasar mis notas del borrador al libro). Me basta así, como bien dijo tu tocaya Emily Dickinson en su poema “Ensueño”, traducido por Carlos López Narváez:

Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel


Yo viajo, tú escribes, él le... No dejes nunca, querida Emily, de conjugar estos tres verbos.

Raúl Vacas
Salamanca, 28 de diciembre de 2013

14.6.08

Tiempo de cerezas



IV Encuentro de Animadores a la Lectura

Fruto de la poesía
La naturaleza de la creación.

No cantéis a la rosa, oh poetas
hacedla florecer en el poema

Vicente Huidobro


La poesía es fruto. Fruto de la mirada y el trabajo, de un proceso lento de germinación y cultivo que tiene su sentido último en el apetito lector. El poeta –como el hortelano– estercola la página; la prepara para recibir la simiente que dé origen al poema; mira a su alrededor; busca la forma de contener el mundo en esa pequeña semilla que prenderá, echará raíces, crecerá y dará su fruto.

Gottfried Benn y T. S. Eliot afirman sobre ese proceso de germinación: “Hay primero un embrión inerte o germen creativo y, por otra parte, el lenguaje, los recursos de las palabras bajo el imperio del poeta. Este tiene algo germinando dentro de sí, para lo cual debe encontrar palabras; pero no puede saber qué palabras quiere hasta que las ha encontrado: no puede identificar este embrión hasta que ha sido transformado en una disposición de las palabras justas en el orden justo.”
Y señala Jacques Maritain: “No hay experiencia poética sin que se dé un germen secreto, por insignificante que sea de un poema” El poeta se vale de la experiencia propia y ajena para escribir; lee a otros poetas; mira a su alrededor; prende la mirada en las cosas; busca sus raíces y esparce por el folio el resultado de esa labor atenta y delicada, hecha con amor, que es nombrar las cosas, darles vida propia, tal y como señala José Luis Puerto en su poema-letanía “Camino de las raíces” de su libro Señales:

CAMINO de las raíces,
Entre luces, entre sombras,
Río arriba, río arriba,
Hasta encontrar lo que importa.

Hasta encontrar la semilla
Que llevamos y nos nombra;
Hasta encontrar el jardín,
La lengua generadora.

La lengua que crea el mundo,
La que revela las cosas
Y la que llama a los seres
Con sílabas salvadoras.

Camino de las raíces,
Por el bosque, entre la fronda;
La voz del corazón dice:
Lo que amamos sólo importa


La semilla del poema es la idea misma, el sentimiento que impulsa al poeta a nominar las cosas. Cada idea necesita de la palabra que la haga eficaz, que la abone, que la convierta en emoción. La vida empieza en la semilla, en el semen, en el germen:

Así lo afirma José Ángel Valente en su poema “Rotación de la criatura”:

En el ojo de Dios verde y profundo
la primera semilla aún busca el fondo,
y todo gira allí del limo al hombre
para que el mundo empiece todavía.


Aunque la semilla, por sí sola, no garantiza la vida o el poema; es preciso el cuidado, la atención, la vigilia constante para que el agua, la luz y la tierra envuelvan la promesa del fruto. Pero no siempre tenemos la suficiente serenidad para organizar nuestra prisa y nuestra espera del mismo modo en que lo hace el moribundo del poema “La esperanza” de Gastón Baquero:

Recuerdo siempre al moribundo aquel,
el que prorrogaba su vida contemplando una rama,
al extremo de la cual solo quedaba una hoja,
nada más que una hoja resistiendo al cierzo
y a la tramontana: una hoja empeñada en no morir.


En esta espera es importante pensar en los agricultores que, año tras año, siembran las tierras para pasado un tiempo cosechar, o en quienes repueblan los bosques arrasados por las llamas con nuevos árboles o en la generosidad del que planta un árbol centenario para que lo disfruten generaciones futuras. También escribir es un trabajo de reforestación permanente; una manera eficaz de dar forma a las semillas de nuestra imaginación. Pero para que el resultado sea satisfactorio, tenga sentido y sea verdaderamente natural, debemos de ser pacientes. Toda precipitación es mala, y mucho más en la poesía.

El resultado de este trabajo, de esta labor conjunta entre el hombre y la naturaleza siempre vale la pena. Y así nos lo recuerda Manuel Diaz Luis en “Valdrá la pena”, uno de los poemas que forman parte del libro Labor de hombre:

Si no quedara nada para hablar
De lo que fuimos

Si la vida del hombre y su labor
Fueran baldías

Sólo por respirar en plenitud
Y haber amado

Valdría la pena ser abono y ser
Sustento y suelo

De otros que han de seguir los mismos pasos.


El cultivo del huerto y de la poesía son procesos similares; dos ciclos vitales que tienen su catenaria en la vida y la muerte. La materia orgánica no se crea ni se destruye sino que se transforma. La muerte es el origen de la vida; lo que da sentido a nuestra existencia. Sin la conciencia de la muerte, nuestro paso por el mundo sería distinto; de ahí la importancia de vivir y hacer vivir, año tras año, los frutos de nuestro huerto. Ese es el recado de Leopoldo de Luis en su poema “Por un vivir activo” y que forma parte de su libro Juego limpio:

1

No es verdad que tengamos que morirnos.
Nadie se muere si en la tierra deja
una clara semilla que la reja
del arado del tiempo ahínque. Irnos

quedando en los demás día tras día,
dándonos en amor y en esperanza.
Si nuestra voz segura se afianza
en la verdad, no sonará a vacía.

No sonará a desnuda, inútil caja,
sonará a corazón: verso, obra, hijo:
a lo que rumorosamente crece.

Arrancad a la vida esta mortaja
con vuestro propio ser: un amasijo
de tierra y sueño y luz que no perece.

2

De tierra y sueño y luz que no perece
es esta carne que a la tierra damos
porque somos igual que verdes ramos
por los que un árbol grande y vivo crece.

La vida de la tierra enriquecemos,
en nosotros su gran mar muere y nace
y estos huesos de cal que se deshace
en ese mar son necesarios remos.

Pequeños remos que a mover ayudan
el navío. La vida está encallada,
hundida está en un cieno indiferente.

Que los remos de cada uno acudan
y remuevan la negra agua estancada
y remen, remen más, contra corriente.

Es labor del poeta y del labriego bregar en esta vida, bregar con las palabras y la tierra, dar forma al fruto que la tierra y el amor nos deparan. Y una vez recolectado el beso o el poema, una vez saboreado el premio ya maduro de algún sueño o una idea, nuestra labor de hombre, nuestro esfuerzo, se verá compensado. Por eso poeta y labriego han de arar y cantar con entusiasmo, siempre con la esperanza y la mirada puesta en el fruto de su trabajo, aunque la desolación y el hastío empañen a veces su esfuerzo. Es la reflexión que hace Gabriel y Galán en este fragmento de su poema “Ara y canta”, del libro Campesinas. En él invita a la alegría a quienes piensan si vale la pena tanto sacrificio, si no es mejor poner la vista en otras lindes, más allá del folio o la tierra de labor que tan duro oficio acarrean:

I

Labriego, ¿vas a la arada?
Pues dudo que haya otoñada
más grata y más placentera
para cantar la tonada
de la dulce sementera.

¿Qué has dicho? ¿Qué al desgraciado
que pasa el eterno día
bregando tras un arado
jamás cantó la alegría,
si alguna vez ha cantado?

Es una queja embustera
la que me acabas de dar
¿No sabes que yo sé arar?
Pues déjame la mancera,
y oye, que voy a cantar.

II

“Labriego poco paciente:
si crees que sólo tu frente
vierte copioso sudor
que sorbe innúmera gente,
sal de tu error, labrador.

Lo dice quien es tu hermano,
quien canta tu lucha brava;
lo dice quien por su mano
siega la mies en verano
y el huerto en invierno cava.

¿Qué sabes tú del tributo
que el mundo al trabajo rinde,
ni qué sabes de su fruto,
si no has traspuesto la linde
del terruño diminuto?

Si el mundo aquel te impusiera
yugos que impone al mejor,
pensaras que tu mancera,
si no es la más llevadera,
tampoco es la cruz mayor.

[...]

¿Qué espíritu engañador
o torpe decirte quiso:
“Llora y suda, labrador,
que el mundo es un paraíso
regado con tu sudor”?

[...]

Ara tranquilo, labriego,
y piensa que no tan ciego
fue tu destino contigo,
que el campo es un buen amigo
y el dulce miel su sosiego,

y es saludo el puro día,
y estas bregas son vigor,
y este ambiente es armonía,
y esta luz es alegría...
¡Ara y canta, labrador!”

Ya hemos insistido en que el poema y el fruto son el premio al esfuerzo del poeta y el hombre de campo. La tierra es prodigio y madre, como lo es la imaginación. Nada hay bajo la tierra –señala Claudio Rodríguez en su poema “Cosecha eterna”– que no salga a la luz. Así también es la génesis del poema, que tarde o temprano aflora sobre el terreno virgen del folio y se nos revela como fruto:

Y, nada, nada
habrá bajo la tierra que no salga
a la luz, y ved bien, a pesar nuestro,
cómo llega la hora de la trilla
y se tienden las parvas,
así nos llegará el mes de agosto,
del feraz acarreo,
y romperá hacia el sol nuestro fiel grano
porque algún día se alzará la tierra.
¿Quién con su mano eterna
nos siembra claro y nos recoge espeso?
¿Qué otra sazón sino la suya cuaja
nuestra cosecha? ¿Qué bravío empieza
a dar sabor a nuestro fruto? ¡A ese,
parad a ese, a mí, paremos todos:
nuestra semilla al viento!
Pero qué importa. ¡Ved, ved nuestro surco
avanzar como la ola,
vedle romper contra el inmenso escollo
del tiempo! Pero qué importa. ¡A la tierra,
a esta mujer mal paridera, demos
nuestra salud, el agua
de la salud del hombre! ¡Que a sus hijos
nos sienta así, nos sienta
heñirla sin dolor su vientre a salvo!

Y qué bien sabe el fruto del esfuerzo, el fruto hecho poema con las palabras que –en boca de Carlos Edmundo de Ory– el poeta hurtó del árbol, del dulce verbo celestial divinas.

He aquí una breve muestra de frutos: una patata cultivada por Domingo López Torres en su libro Lo imprevisto, una sandía de la huerta poética de Salvador Rueda y una hermosa naranja arrancada del árbol titulado Libro de las loas de Antonio Oliver:

LA PATATA

Descansabas, incauta, adormecida,
azul en tu indecisa adolescencia,
verde en la distracción de los quehaceres,
de tu casa, tu sexo, tu ventura.
La tierra, blanca, negra o colorada,
ponía ya un estigma a tu destino
de blanda, dura, amarga
o dulce carne.
Podías navegar por las alturas
de los mares más hondos,
o perderte en la insulsa algarabía
del discurrir más tonto
por el cauce normal de la costumbre.
Así, sin conocer el jubiloso grito
de la entrega sin qué, ni cómo, cuándo,
que multiplica en 7 lo que es 1,
un 16 cualquiera, entre mis manos,
temblorosa, indecisa, sucia, negra,
caíste.
El filo más agudo del deseo,
de mi sangriento amor,
mi ruin coraje,
te arrancaba la piel entre mis dedos,
y los gritos, lamentos y suspiros
se perdieron sin eco entre mis manos
de asesino inexperto.
Cuando tu cuerpo blanco, mutilado,
cayó sobre las aguas de tu cielo,
el gris estaño de tu desventura,
se partió en mil pedazos.

LA SANDÍA

Cual si de pronto se entreabriera el día
despidiendo una intensa llamarada,
por el acero fúlgido rasgada
mostró su carne roja la sandía.
Carmín incandescente parecía
la larga y deslumbrante cuchillada,
como boca encendida y desatada
en frescos borbotones de alegría.
Tajada tras tajada, señalando
las fue el hábil cuchillo separando,
vivas a la ilusión como ningunas.
Las separó la mano de repente,
y de improviso decoró la fuente
un círculo de rojas medias lunas.

LA NARANJA

¡Qué gozo da, naranja,
tenerte entre las manos!
¡Qué gozo tu volumen
que sideral, alcanzo,
como quien de la noche
llega a coger un astro!

Si constelas
el árbol,
sobre la mesa pones
los resplandores áureos
que apartan la tiniebla,
el duelo y el quebranto.
Naranja, mundo en ciernes,
dulce globo terráqueo,
dicha redonda
al tacto.
Te miro, con delicia;
con arrobo, te palpo;
más que fruta, eres hembra
cuando apuro tus gajos.
En el balcón tu cáscara
es un rizo dorado,
tirabuzón de bella,
chorro de luz,
escándalo.
Gloriada sea la tierra
que te encendió en su parto
para que perfumases
la vida, el ser, el ámbito.


Gran milagro y prodigio el de la maduración de un poema o un fruto. Ambos exigen de una atenta espera, pero también de luz y agua, de savia, de aliento, antes de llegar al paladar, de regalar su pulpa y su esencia.
Pero a veces el fruto no madura y se malogra. O se pudre en silencio. Y vuelve a la tierra o al origen con el propósito de abonar y fertilizar la tierra pues no se presta al bocado. Atendamos pues al poema y al consejo de “La pera verde y podrida” de Concepción Arenal para que el fruto verde y el adolescente completen su maduración y no caigan del árbol antes de tiempo:

Iba un día con su abuelo
paseando un colegial
y debajo de un peral
halló una pera en el suelo.
Mírala, cógela, muerde;
mas presto arroja el bocado,
que muy podrida de un lado
estaba y del otro verde.
Abuelo, ¿cómo será,
decía el chico escupiendo,
que esta pera que estoy viendo
podrida, aunque verde, está?
El anciano con dulzura
dijo: vínole ese mal
por caerse del peral
sin que estuviera madura.

Lo propio sucede al necio
que, estando en la adolescencia,
desatiende la prudencia
de sus padres con desprecio;
al que en sí propio confía
como en recurso fecundo
e ignorando lo que es mundo
engólfase en él sin guía.
Quien así intenta negar
la veneración debida
en el campo de la vida
se pudre sin madurar

Abramos los ojos. Sepamos ver en el poema maduro la simiente de donde surgió, la emoción que palpita entre sus letras, la vida que contiene, su valor proteico. Y aprendamos del que sale al campo a respirar, a trepar por las ramas de los árboles y la fantasía, a soñar verso a verso, tallo a tallo. Y probemos con fruición versos y frutos. Saboreemos su carne y su jugo. Vivamos con intensidad el milagro de la vida. Sintamos la savia al respirar, intuyamos la raíz y los presentimientos, cortemos las rosas del instante. Cosechemos nuestros propios frutos. Sintamos la naturaleza –como afirma Aníbal Núñez en su libro Naturaleza no recuperable– germinar en nuestros sentidos, la ciencia de la vida en libertad, el fruto de la poesía:

Ir al campo bebernos todo el campo
subirnos a las ramas
¡qué maravilla andarse por las ramas!
confundirnos las bocas con cerezas
oler a jara el cuerpo
merendar la cascada y chocolate
trenzarte una corona de juncos del arroyo
contar las veces que la piedra roza
con el agua aprender
botánica sin flexo
zoología sin matrícula

Pero el señor rector y sus bedeles
nos tienen encerrados a la sombra
del Árbol de la Ciencia
y lo siguen regando
con tinta de tampón
¡Maldito frutal éste
que no da más que peros!


Raúl Vacas e Isabel Castaño
Escuela del Campo “De Vacas y Castaño”

Cartel: Marc Taeger


16.3.08

Leer juntos, crecer juntos


Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.
JULIO CORTÁZAR



Uno de los principales beneficios de la lectura -más allá de la imaginación y la literatura- es la posibilidad de tejer lazos y transitar caminos parecidos.
Saber que profesores, padres e hijos comparten lectura y tratan de descifrar juntos los mecanismos de la poesía es, para un escritor, lo que da sentido a su tarea de escribir y un buen ejercicio de comunicación familiar. Gracias por ello a todos los que buscan en el libro Consumir preferentemente la mejor oferta poética. Sólo espero que muchos salgan de esa búsqueda con las manos y el corazón llenos.

Cifuentes
La tarde en que tenía que reunirme con el grupo de Leer Juntos en Cifuentes la pasé junto a Helena Castro -excelente coordinadora y anfitriona- en Mejorada del Campo viendo la Catedral que está construyendo allí Justo Gallego. Y lo cierto es que regresamos, al menos yo, con el ánimo y la motivación renovados. Saber que un hombre dedica su vida y su trabajo para hacer real un sueño resulta estimulante para afrontar con esa misma decisión cualquier empresa. Helena me contó que había cierta expectación con relación a mi visita. El trabajo con lo chicos, en el Instituto, fue muy bien. Muchos llegaron a sus casas con una visión diferente sobre la poesía y compartieron con sus padres la experiencia. Algunos tenían la sospecha de que el tal Raúl Vacas era un fingidor, en el sentido que señala Pessoa: “el poeta es un fingidor / finge tan completamente / que hasta finge ser dolor / el dolor que, en verdad, siente”. Otros vislumbraron a un poeta con oficio, sobre todo en los poemas que exigen del dominio de ciertas destrezas métricas. Otros intuyeron a un joven, ya metido en la treintena de años, capaz de hablar desde la pasión y su propia vida. Y otros descubrieron, con envoltorio comercial, la cantidad de músculos, ideas y resortes que es capaz de mover el amor y también la muerte.
Escuchar a los padres y madres que forman parte del proyecto “Leer Juntos” en Cifuentes (Guadalajara) fue un placer. Porque la poesía, a pesar de las muchas carencias y prejuicios que impiden disfrutarla y sentirla con pasión, es una de las experiencias lectoras más completa. Leer un poema es jugar a disfrazarse, a mirarse por dentro, a descubrir palabra sobre palabra el sentido de cuanto nos rodea. Leer poesía es apostarlo todo al rojo, al corazón.
De la mano de Toni y Helena -impulsores del proyecto “Leer Juntos” en Cifuentes- un grupo de padres y madres se reúnen para leer y para compartir, cada cierto tiempo, un encuentro con alguno de los autores leídos. Todo ello en un ambiente relajado y cálido, al que contribuyen con efectos comprobados el moscatel y los dulces, que ayudan a digerir algún poema o algún párrafo o afrontar con determinación las intervenciones. Pero si tiramos del hilo de ese placer por la lectura en Cifuentes llegamos hasta Huesca y descubrimos a dos de las artífices de esta empresa cimentada con tiempo y con muchas horas de entrega y esfuerzo: Merche Caballud y Carmen Carramiñana. Ambas pusieron en marcha este proyecto hace más de una década y continúan estimulando a propios y extraños para contagiar -vía oral o escrita- su pasión por los libros.
Todo ese esfuerzo después de muchos años nos hace pensar en el compromiso personal y colectivo del lector y es, tal vez, la mejor de las campañas para hacer real el entusiasmo por la lectura.
Resulta reconfortante y esperanzador saber que la pasión por los libros se sustenta en gente con ganas de generar complicidades, de aprender, de crecer en familia en torno a la literatura. Y en esa tarea (en la que todos debemos ser cómplices) de devolver a niños, jóvenes y mayores el gusto por los libros, es fundamental el trabajo de quienes creen en las palabras y quienes contagian con su ejemplo y su trabajo su pasión por la lectura.
Y así, de ínsula en ínsula, uno descubre el entramado de relaciones literarias y extraliterarias que genera el proyecto de Leer Juntos, verdaderas autopistas para el tráfico de libros. Uno puede pensar que la lectura es un ejercicio íntimo, que los libros son habitaciones de hotel donde cada quien entra y sale, hace y deshace a su antojo. Pero leer es un acto solidario y es, sobre todo, una tarea colectiva. Del mismo modo en que aprendemos a leer y escribir en el colegio junto con otros niños, debemos aprender a compartir los entresijos de la lectura; intercambiar ideas, despejar incógnitas, saborear versos y párrafos. Que un padre y un hijo intercambien ideas y sentimientos con relación a un mismo libro es una tarea más que necesaria. ¿De qué sirve leer y registrar lo leído en nuestra memoria si no somos capaces de compartir los efectos secundarios de la lectura y poner en común las sensaciones y sentimientos que ha despertado en nosotros un determinado libro? Leer no significa pasar hojas y suspirar de emoción o bufar de rabia al llegar al final. Leer es crecer, compartir, sacar factor común, dar, recibir, enseñar, aprender; y todo esto se hace mucho mejor en grupo, aunque cada cual sostenga el placer y el privilegio de leer por sí mismo.
Yo creo en la literatura que gradúa la vista; que es capaz de imantar la mirada, de disgregarla, de envolverla en el papel, de regalarnos ideas y sentimientos. Creo en los libros capaces de amaestrar los sueños; en las enciclopedias abiertas por la palabra “amor”; en los diccionarios de sinónimos que nos enseñan a degustar, saborear, paladear cada palabra como manzanas de feria.
Fernando Savater lo dice con mejores palabras: “Ser por los libros, para los libros, a través de ellos. Perdonar a la existencia su básico trastorno, puesto que en ella hay libros. No concebir la rebeldía política ni la perversión erótica sin su correspondiente bibliografía. Temblar entre líneas, dar rienda suelta a los fantasmas capítulo tras capítulo. Emprender largos viajes para encontrar lugares que ya hemos visitado subidos en el bajel de las novelas: desdeñar los rincones sin literatura, desconfiar de la plazas o las formas de vida que aún no han merecido un poema. Salir de la angustia leyendo; volver a ella por la misma puerta. No acatar emociones analfabetas. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien lo probó, lo sabe."
Gracias a quienes, día a día, sostienen la tarea y el compromiso con relación a la lectura. Y gracias a todos los que en Cifuentes me hicieron sentir el privilegio de ser escritor y con quienes compartí un encuentro inolvidable.

Raúl Vacas


Encuentro con alumnos en el IES de Cifuentes






11.1.19

La voz del animal bajo tu piel



El viernes, 17 de noviembre, tuve la inmensa fortuna de presentar, en la Librería Letras Corsarias, el libro "La voz del animal bajo la piel" de mi querida Celia Corral Cañas. Estas fueron mis palabras:


Señor Rector
Señor Decano de la Facultad de Letras
Señores Cónsules generales
Señores Profesores
Señoras Señoritas Señores
Niños
criadas de servir
trabajadores obreros
gatos y perros
hormigas


Así, con este poema titulado “Lección de apertura a los cursos de Mitologías Orientales en la Facultad de Letras de La Universidad de X” es como Carlos Edmundo de Ory, un extraordinario poeta que murió hace unos años, se presentaba en algunos foros donde leía sus poemas.
También tenía una forma curiosa de encabezar las cartas, con un “Muy ruiseñor mío”.
Así que muy ruiseñores y ruiseñoras nuestros sean bienvenidos a Letras Corsarias y a esta presentación.

Hay un conocido haiku de Chosui que dice:

El horizonte,
con gente en bajamar
cogiendo almejas


Permítanme un pequeño cambio en el último verso para dar la bienvenida a César García, editor de Bajamar, que hoy está con nosotros en esta presentación y que ha tenido la deferencia de viajar desde Asturias para acompañar a Celia en su horizonte poético. El nuevo haiku sería: El horizonte, / con gente en Bajamar / haciendo versos. Este es uno de los propósitos de esta editorial, aprovechar la marea baja de este gran océano que es la poesía para dar a conocer el trabajo de muchos escritores y escritoras jóvenes.
Rafa Pontes, autor del prólogo de este libro que hoy presentamos, señaló en una ocasión con relación a la escritura: “Si no es endecasílabo no es verdad”. Celia sabe de esta aseveración pues su libro está escrito con ese traje a medida que es el endecasílabo desde el título: “La voz del animal bajo tu piel” hasta la última de sus páginas. Aunque esos versos de once sílabas conviven con otros de cinco y de siete disfrazados de haikus.

¿Qué voz se escucha tras la piel de este animal llamado libro? En primer plano la voz inconfundible de Celia, pero también la voz de todos esos animales que viven con nosotros y en nosotros en forma de emoción, juego, miedo, recuerdo o grito. Los humanos somos en ocasiones domésticos, acariciables y tiernos. En otros momentos somos juguetones pero también hay instantes en que nos domina la fiera que llevamos dentro. Todos estos seres que conforman el cóctel de personalidades que somos –como decía Oliverio Girondo– se muestran con mayor evidencia en el terreno íntimo del amor o en nuestra relación con los iguales. La piel esconde el ronroneo pero también el grito o el rugido.

Decía el poeta Gabriel y Galán:

Al ver ciertos niños
me digo yo a veces:
mamíferos, aves,
reptiles y peces.


Somos animales dotados de razón pero en ocasiones ésta, la razón, no basta para domar a ese animal que ora aúlla, ora gime u ora canta. Quizá muchos de ustedes tengan claro qué animal o animales conviven con usted. Yo últimamente me siento mirlo, incluso estornino. A veces ruiseñor.
Este breve texto de Galán nos recuerda el haiku de Celia:

Somos ovejas,
zorros, lobos o hienas,
a veces hombres.


Hay una interesante anécdota relacionada con el poeta Miguel Hernández. En la casa de la Calle de Arriba, en Orihuela, donde vivía con su familia había entre los moradores del hogar un hermoso pájaro, un canario. La estancia en la que pasaba las horas, dentro de su jaula, se llenaba de amarillo con el canto y el breve vuelo del pájaro y todo era luz y alegría. Pero un día (Ay, qué pena me da que se me ha muerto el canario) muere el simpático pajarito y Encarna, la hermana pequeña de Miguel llora desconsolada por las esquinas. El poeta piensa en una manera de consolarla y sale al patio, a la huerta, y arranca un limón del limonero que introduce por la portecilla en la jaula. Sí, cierto que un canario amarillo no es un limón pero ambos comparten la misma luz y la misma presencia. Con ese sencillo y metafórico gesto Miguel dota de vida a un limón, lo convierte en ave. Años más tarde el poeta palentino Francisco Vighi escribiría: “Cuando murió mi canario / metí en la jaula un limón / soy un caso extraordinario / de imaginación”.

Celia Corral Cañas sabe que el endecasílabo y la metáfora son dos pilares del hecho poético, de ahí su empeño en convertir en verdad nuestros impulsos y nuestros pulsos animales.
Señala Rafa Pontes en el prólogo: “Celia vive en el mundo con párpados, labios y metáforas: ve, nombra, trasciende. Así acontecen los días de la artista en esta selva de hombres que, por mor de la palabra, se transfigura en la ciudad ideal de los animales. Un espacio donde los seres convivimos, amantes y amados, civilizada y salvajemente”.

Voz, animal y piel son los puntos cardinales que permiten a Celia explorar el mundo con la brújula de la metáfora pero son también parte constitutiva del poema.
Un poema ha de tener voz y música y ritmo y cadencia, y el endecasílabo se encarga de afinar las palabras para que suenen en un hilo de voz y un hilo musical que enfatiza su mensaje, su ADN interno. Pero el poema también ha de tener piel y éste debe respirar hacia dentro y hacia fuera de la epidermis. Mirar debajo del caparazón, del corazón coraza que señalaba Mario Benedetti en uno de sus conocidos poemas.
Y el poema ha de ser también ese animal que vive y se defiende por sí solo. Que nos muestra los miedos y nos invita a mudar la piel o el sentimiento.
Todos los seres que se concitan, a modo de bestiario, en este libro conforman el ecosistema habitual de Celia, su hábitat natural. Ella es en sí misma muchos de los animales aquí reseñados y nos enseña a buscar la oveja de nuestra pareja. Un bestiario, como bien señala José María Cumbreño –en una de las citas del libro– es un “álbum de familia”.

Busquen una foto familiar de algún momento importante en sus vidas, un bautizo o una boda, por ejemplo. Escriban qué ven en esa foto, qué emociones y sentimientos pasan por cada uno de sus protagonistas. Hagan después un ligero cambio. Dónde escribieron padre pongan “lobo”, donde pusieron abuelo escriban “búho”, donde anotaron novia pongan “gacela”. El resultado será una fábula –con moraleja o no– y el escenario donde tuvo lugar esa instantánea se convertirá por unos momentos en bosque.

En un espléndido ensayo titulado “En la traza. Pequeña zoología poemática” Chantal Maillard acude a la imaginería zoológica para explicarnos el trabajo de creación del poeta.
El erizo y el cangrejo ermitaño –dirá Maillard– son ejemplo de descubrimiento. Al creador poco le importan las alturas, no es el fénix o el águila con su omnisciente vista de pájaro el que atrae únicamente su atención. El poeta ha de mirar a ras de tierra la realidad que existe y ha de aprender a devanarla como a un ovillo. Hay un poema, cercano al haiku, de Julien Vocance (seudónimo de Joseph Seguin) en el que relata una de sus muchas visiones de la Primera Guerra Mundial:

Quince días a ras de suelo,
mi ojo conoce los más leves montículos,
las mínimas hierbas.


Para Chantal el poema es “como el erizo de Derrida, un pequeño animal que se cierra sobre sí mismo. Un animal temeroso y humilde que solamente se abre en la mano de quien está a la escucha. El poema para mí es algo así. Es algo que se encuentra a ras de suelo.”
El cangrejo ermitaño, por su parte, toma su vestimenta de un muerto, del mismo modo que el poeta toma sus palabras de otros poetas vivos o muertos en un ejercicio de tanatocresis. Porque la poesía está hecha de velos y desvelos. Un poema, o un poeta, como una cebolla, tienen muchas capas. Y todas se complementan.
Junto al acto creativo que descubre, encarnado en el erizo y el cangrejo ermitaño, está el poema que construye. El mundo y su materia no son una realidad dada, hay que manufacturarla. La araña se encarga de tejer y destejer como Penélope las distancias y las esperas, el día a día. Este sería el modelo de construcción que propone Chantal.
Y junto al descubrimiento y la construcción de la realidad tendríamos el estremecimiento y el cuestionamiento que nos producen las cosas al mirarlas, incluso antes de ser nombradas.
La realidad no es algo estático sino inestable. A Maillard le interesa, más que la materia y la forma, el ritmo y la trayectoria que alteran dicha materia.
Y aboga por una escritura que cuestione las cosas y su concepto, plena de inocencia, que anteponga el estremecimiento que producen esas cosas antes de ser nominadas, cuando parecen muertas. Siempre el “esto” antes que la flor, dirá Maillard, para referirse al niño al que ya le han explicado qué es una flor pero vuelve a preguntar: ¿qué es esto?
El escritor y su escritura han de ser, en este sentido, como un caracol, humildes, han de trazar con hilo de baba el intersticio de las palabras y las cosas, sin pretensión alguna.
“El caracol pasa sin defenderse. Transita. En la mano, apenas sentimos una ligera humedad que luego cristaliza”, señala Chantal.
Celia es erizo, cangrejo ermitaño, araña y caracol. Y su literatura planea sobre su vida y muchas veces no acertamos a advertir cuándo está fuera o dentro del poema.

Todos ustedes conocen la máxima de Terencio: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, con perdón. “Hombre soy y nada de lo humano me es ajeno” o más certeramente “Hombre soy (y pienso que) nada de lo humano me es ajeno”. A Celia nada de lo animal le es ajeno de ahí que comience con el breve poema “Animal soy”. Y dirá también Celia en el pequeño envase de un haiku:

Es el humano
el peor animal
para el humano


Celia nos muestra qué misterios, además de las llaves, guarda el fondo del mar, qué hay en el océano, las “placenta de los dioses” como escribe la autora.

Pero también señala los secretos que nos aguardan en tierra como la araña que teje con su hilo la madeja “del te quiero y me quieres” que diría Lorca. Una araña que nos envuelve con su tela, que es frágil caparazón, o trampa o enredo. ¿No es la vida acaso un continuo tejer y destejer hasta que una de las Parcas corta el hilo definitivo?
Todos tenemos una máscara, o un papel animal que interpretar. Pero poco sabemos de esa trastienda donde ocurre todo. Así que Celia nos pasea por las bambalinas donde muda el animal su cuerpo o su piel y se transfigura. Somos oruga pero también mariposa.
Pero hay un animal, entre la fauna que transita por las páginas, que despierta con un rocío especial la curiosidad de Celia: la medusa, ser eléctrico, ser mitológico, ser divino pero también un ser doméstico en muchas de las playas y que provoca a un tiempo admiración y miedo.
Rafael Pérez Estrada, en su libro Diario de un tiempo difícil, un hermoso poema que concluye con medusas, en una comparación inolvidable:

[…]
En ocasiones es fácil confundir a los paracaidistas
náufragos con las grandes medusas.


También, en muchas ocasiones, nosotros confundimos al hombre o la mujer con el animal que late bajo su coraza. Hay un paralelismo continúo en los poemas de Celia entre hombre y animal. Tal vez las palomas, símbolo de paz y animal querido por su voluntad mensajera, nos recuerden el drama de muchas mujeres que pasaron de ser queridas a odiadas y maltratadas.
Ese es el ejercicio hermenéutico al que Celia nos invita al desentrañar, como augures, sus poemas. Y en esa tarea de exégesis descubrimos como la lucha fratricida entre hermanos puede ser contada por dos ratones que se enfrentan por el queso.
Cada animal refleja o simboliza una pulsión humana, de ahí que los seres de este libro tengan mucho que mostrarnos, tal y como hacían las fábulas de Esopo o La Fontaine. Pero aquí la moraleja está en manos del lector y de su capacidad de análisis o mimetismo.

Miremos por tanto al hombre a través de la piel del animal o viceversa y hallaremos poemas amables, dóciles como animal querido. Pero también poemas duros que esconden entre sus vísceras el grito y el dolor. Uno de esos textos titulado “La bestia” me recordó un poema que escuché a Laura Giordani aquí en Salamanca. Ambas autoras nos muestran a ese animal humano que es capaz de arrebatar la vida a unos frágiles gatos o perros recién nacidos y acabar con sus alientos en un saco de plástico en medio del río que es el morir.

¿Cómo es la vida de unos peces en esa región minifundista de agua que es una pecera? ¿Qué extrañas aves anidan en nuestras miradas? ¿Cuándo asoma en nosotros el tigre con sus garras o la libélula con su elegancia y levedad? ¿Qué cuentan a cerca de Colón y el genocidio del descubrimiento las aves del paraíso en sus tuits o en sus crónicas? ¿Qué nos enseñan animales como el perro, el gato, el pájaro, el hámster, los peces, los dragones? ¿Qué gime el animal herido que a veces somos?

Lean el libro y podrán despejar todas estas incógnitas pero cojan aliento antes del final pues Celia reserva para ese momento un poema collage, o un poema anaconda, donde enuncia con el metrónomo del endecasílabo qué hay más allá del transparente velo de la medusa, qué oscuras intimidades se ocultan en la piel, la suya propia, la de la medusa, la nuestra. Con el título “La oscura intimidad de la medusa” la autora teje un poema torrencial donde conviven Batman y Penélope, Ulises y Caperucita Roja, un ejercicio de patchwork donde lo real y lo irreal confluyen, un poema que es síntesis de una cultura globalizada y posmoderna donde la clásico y lo digital se dan la mano, donde literatura y música señalan sus convergencias, donde cabe la expresión del amor en sus dos variantes de alianza y condena. Un poema intenso y revelador que eriza nuestra piel tras una serie de poemas breves y de haikus, mucho más contenidos y cerrados.

No hay duda de que los animales han atraído desde siempre la curiosidad científica y social del hombre: sus modos de vida, su hábitat, su orden jerárquico, sus costumbres. Pero también los seres de fantasía que ocupan muchas páginas en los bestiarios han seducido a los poetas.
Pablo Neruda, Julio Cortázar, Borges, Juan José Arreola escribieron bestiarios con seres naturales o sobrenaturales. Existen bestiarios hasta en formato haiku como el de José Juan Tablada, poeta mexicano al que gustaba jibarizar el verso. Es comprensible entonces que Celia también se interese por las criaturas que pueblan nuestra vida y nuestra imaginación. Y por eso nos ofrece aquí, tras la piel de este libro, su voz y sus huellas. Corresponde ahora al lector explorar y reconocer esos rastros y esos indicios para saber qué voz late o grita en cada verso. Porque como bien dice la autora en otro haiku:

Todas las huellas
hablan del animal
que las observa


Quizá las tres edades de la alegoría de Tiziano sean en realidad cuatro y en cada una de ellas tal vez vistamos una piel distinta: de patito en la infancia, de cebra en la adolescencia, de gaviota en la juventud y de tortuga en la madurez. Cada piel con su voz y por tanto muchas voces diferentes.

Llegamos al final de estas palabras. Y he elegido para cerrar esta alocución un poema que arropa con su emoción la zoología de extravíos de mi querida Celia cuyo primer apellido, “Corral”, es casa y piel para el mío, “Vacas”. Se trata del poema dedicatoria que Ángel García López, un poeta del que he aprendido mucho, incluye en su libro “Bestiario”. Con él me despido:

Amados animales, monstruos míos,
mis familiares de lo cotidiano,
mis ingenuos, malvados enemigos,
compañeros de selva y de escenario,
de rostro semejante e igual oficio,
con los que vivo y envejezco y hablo
sin eco sobre un páramos infinito,
exactitud de oxígeno y de espacio.
En vosotros, a imagen, me defino.
Me nombro vuestro, os siento mis hermanos.
Os amo porque os odio, sois yo mismo,
espectros como yo, triste relámpago.
Gemelos de mi sombra, estáis conmigo,
edificados de mi mismo barro;
de misma carne, corazón, latido,
identidad de garras y de hálito.
Os amo porque os siento mis testigos
de tanta defunción de tantos años,
de tanto daño como el tiempo hizo.
Por eso os odio. Y por eso os amo.


Muchas gracias


Os dejo con un videopoema que Ada Trzeciakowska hizo sobre uno de los poemas de Celia: